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Con el perdón del Señor Wilde: 'De Profundis' es muchísimo más que una carta de lamentos y quejas

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Hay libros que uno recuerda durante años sin haberlos comprendido realmente. No porque hayan cambiado, sino porque nosotros todavía no teníamos el contexto necesario para leerlos. Eso me ocurrió con De Profundis, la extensa carta que Oscar Wilde escribió desde la prisión a Lord Alfred Douglas. Volver a ella, después de tanto tiempo, me hizo pensar que quizá el problema de ciertas lecturas no está en el texto, sino en la distancia entre aquello que fue escrito y la persona que somos cuando finalmente conseguimos entenderlo. Wilde escribe desde un lugar de humillación, pérdida, aislamiento y sufrimiento, pero también desde una conciencia nueva sobre sí mismo y sobre la relación que lo llevó hasta allí. Hay que recordar que estamos hablando de un hombre encarcelado en la Inglaterra victoriana por su homosexualidad, escribiendo a una persona a la que amó profundamente y a la que, al mismo tiempo, responsabiliza de buena parte de su ruina. La carta contiene queja, resentimiento, reproche, arrepentimiento, amor, decepción y una necesidad casi desesperada de ordenar todo aquello. Y, sinceramente, me resulta mucho más interesante leerla desde ahí que desde la imagen solemne del gran escritor que, desde las alturas de su talento, entrega una especie de revelación universal.

Porque lo extraordinario de De Profundis no es que Wilde haya sido Oscar Wilde. Es que, por momentos, podría haberla escrito cualquier persona. Cambian las circunstancias, cambia el vocabulario, cambia la forma de relacionarnos, pero permanece esa necesidad tan humana de explicarle a alguien cuánto nos hizo daño, cuánto dimos, cuánto soportamos, cuánto nos equivocamos y cuánto tardamos en comprenderlo. En 1897 no existían WhatsApp, audios interminables, capturas de pantalla ni mensajes enviados a las tres de la mañana que luego uno quisiera borrar de la existencia. Existía una carta. Y Wilde hizo con ella algo que seguimos haciendo de otras maneras: intentar convertir el desorden emocional en lenguaje. Lo que me resulta casi cómico, si no fuera también bastante triste, es que solemos imaginar a los grandes escritores como criaturas separadas del resto de nosotros por una especie de abismo intelectual. Después aparece una carta como esta y el abismo desaparece. Ahí está el hombre, no el monumento. Un hombre enamorado de alguien que describe como vanidoso, irresponsable y absorbido por sí mismo; alguien que reconoce también sus propias decisiones, sus excesos y su participación en aquella dinámica. No hay demasiada distancia entre eso y cualquiera de nosotros intentando explicarse una relación que salió mal.

También me interesa especialmente lo que ocurre con el tiempo. Wilde pertenecía a un mundo obsesionado con la respetabilidad, las apariencias, el dinero, la posición social y el castigo de aquello que escapara de las normas aceptables. Sin embargo, cuando escribe desde la cárcel, muchas de las cosas que antes parecían importantes empiezan a perder su valor. El lujo, la fama, la vida social, la sofisticación, incluso esa estética de frivolidad que había convertido en una forma de arte, adquieren otra dimensión después del desastre. Hay en la carta una transformación que no necesito convertir en moraleja para reconocerla. Es, más bien, la percepción brutal que a veces llega cuando las circunstancias nos quitan aquello que nos permitía distraernos de nosotros mismos. En ese sentido, De Profundis tiene algo profundamente ligado a la tradición cristiana de la época: el sufrimiento como espacio de conocimiento, el dolor como una experiencia capaz de modificar la mirada sobre la existencia. Pero incluso eso puede leerse sin convertirlo en doctrina. Lo que encuentro ahí es algo más sencillo y más incómodo: a veces comprendemos ciertas cosas solamente después de haber pagado un precio por no haberlas comprendido antes.

Y quizá por eso la carta sigue resultando tan contemporánea en 2026. Vivimos en una época que presume de haber superado muchas de las formas antiguas de relacionarnos con el dolor, pero seguimos haciendo prácticamente lo mismo que antes, solo que más rápido y con más posibilidades de exhibirlo. Tenemos una enorme capacidad para comunicar lo que sentimos y, paradójicamente, seguimos teniendo dificultades para decirlo realmente. Podemos publicar una historia, escribir un hilo, enviar veinte mensajes, bloquear, desbloquear, desaparecer y reaparecer, pero la necesidad esencial permanece intacta: queremos ser entendidos por aquella persona que nos hirió. Queremos que conozca nuestra versión de los hechos. Queremos que sepa cuánto nos afectó. Wilde tenía papel y tiempo; nosotros tenemos teléfonos y una velocidad absurda. El mecanismo interior, sin embargo, no parece haber evolucionado demasiado. Por eso la carta me resulta menos histórica de lo que debería. No necesito haber vivido en la Inglaterra victoriana, ni haber conocido a Wilde, ni compartir su sensibilidad para reconocer ese impulso. Basta haber amado mal, haber sufrido una decepción, haber confundido deseo con necesidad o haber descubierto demasiado tarde algo que, retrospectivamente, parecía evidente.

Lo más conciliador que encuentro en la literatura está precisamente ahí. No en que los escritores sean superiores a quienes los leen, sino en que, cuando realmente consiguen escribir desde un lugar humano, dejan de pertenecerles exclusivamente sus palabras. El talento puede construir una frase extraordinaria, pero no inventa el sufrimiento que permite reconocerla. Incluso el escritor más brillante termina llegando a un territorio donde todos podemos entrar sin credenciales: el arrepentimiento, la pérdida, la vergüenza, el amor que se vuelve resentimiento, la necesidad de comprender qué hicimos con nuestra propia vida. De Profundis me interesa por eso. No porque Wilde haya sufrido de una manera más elegante que nosotros, ni porque su inteligencia convierta su dolor en algo excepcional. Al contrario: porque debajo de toda esa inteligencia aparece alguien intentando hacer exactamente lo que hacemos cuando ya no sabemos qué hacer con lo que sentimos. Escribe. Ordena. Acusa. Se acusa. Recuerda. Intenta comprender. Y quizá ahí esté la verdadera profundidad de la carta: no en la grandeza de quien la escribió, sino en la incómoda certeza de que, separados por más de un siglo, seguimos teniendo prácticamente las mismas cosas que decir cuando la vida nos obliga a mirarnos sin demasiadas excusas.

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