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¿Es más importante ser bueno o ser percibido como bueno?

¿Qué es más importante: ser bueno o ser percibido como tal? Esta pregunta me angustia más de lo que probablemente debería. Pienso en ella casi a diario, pero no desde un lugar idealista, sino bastante pragmático. Porque cuando uno observa cómo funciona el mundo, empieza a sospechar que la bondad, por sí sola, tiene un valor bastante relativo. Vivimos en una sociedad que recompensa resultados, influencia, carisma, productividad, éxito y, sobre todo, percepción. Nos gusta creer que tarde o temprano el carácter de una persona termina revelándose, que los buenos serán reconocidos y los malos desenmascarados. Pero la realidad rara vez funciona de manera tan ordenada. Hay personas que han producido cosas extraordinarias para la humanidad y que, al mismo tiempo, fueron seres humanos bastante cuestionables en otros aspectos. Y también existen personas genuinamente buenas cuya bondad probablemente no será conocida por nadie. Esa diferencia me parece brutal.

Pienso, por ejemplo, en figuras como Walt Disney, Rupert Murdoch, George Soros, Mark Zuckerberg o Steve Jobs. No quiero convertir esto en una lista de acusaciones ni pretendo reducir la complejidad de una persona a sus peores decisiones. De hecho, creo que hacerlo sería caer exactamente en el problema que estoy intentando señalar. Tenemos una tendencia absurda a construir seres humanos a partir de fragmentos: tomamos sus logros, sus escándalos, sus obras filantrópicas, sus declaraciones, sus errores, sus relaciones, sus posiciones políticas y sus biografías, y después pretendemos haber descubierto quiénes son. Como si una persona pudiera clasificarse simplemente como buena o mala. Pero alguien puede cambiar el mundo y ser una persona horrible en su intimidad. Alguien puede hacer muchísimo bien y, al mismo tiempo, tener valores profundamente cuestionables. Alguien puede ser generoso públicamente y miserable en privado. Las dos cosas pueden coexistir. Y probablemente esa sea una de las cosas que más nos cuesta aceptar sobre los seres humanos: que la contradicción no necesariamente invalida ninguna de las dos partes.

Después está la percepción, que me parece todavía más inquietante. Porque la percepción tiene consecuencias aunque sea equivocada. Si los demás creen que soy amable, confiable, inteligente, competente o generosa, esa percepción va a modificar la manera en que se relacionan conmigo. Puede abrirme puertas, concederme oportunidades, protegerme de determinadas consecuencias y hasta convertir mis errores en algo más tolerable. En ese sentido, ser percibido como bueno puede llegar a ser socialmente mucho más útil que serlo realmente. Y ahí es donde la cosa empieza a ponerse bastante turbia. Porque cuando la reputación se convierte en una moneda, la moral puede transformarse fácilmente en una puesta en escena. Puedo aprender qué decir, qué causas apoyar, qué emociones mostrar y qué versión de mí misma resulta más conveniente para los demás, sin necesariamente convertirme en una mejor persona. Nadie tiene acceso completo a mis contradicciones privadas. La mayoría de las personas conoce apenas la versión de mí que ha tenido la oportunidad de observar. Y, siendo honestos, todos editamos un poco nuestra propia biografía.

Aun así, hay algo que sigo prefiriendo: ser buena cuando nadie está mirando. No porque crea que existe algún tipo de contabilidad moral cósmica donde al final de nuestras vidas alguien va a sumar puntos y determinar si aprobamos el examen. No creo que funcione así. Lo prefiero porque hay una libertad particular en no necesitar sostener una imagen. Si mi bondad depende de que alguien la vea, la reconozca, la agradezca o la publique, quizá lo que me importa no sea realmente ser buena, sino ser reconocida como buena. Y esas dos cosas son radicalmente distintas. Claro que la percepción importa. Vivimos entre personas, no dentro de un experimento filosófico. Lo que los demás creen de nosotros puede afectar nuestra vida de maneras muy concretas. Pero quizá el verdadero problema no sea decidir qué vale más, sino preguntarnos qué hacemos cuando ambas cosas entran en conflicto. ¿Seguiríamos haciendo lo correcto si nadie pudiera enterarse? ¿Seguiríamos siendo generosos si nadie pudiera agradecérnoslo? ¿Seguiríamos intentando ser mejores si jamás pudiéramos construir una reputación alrededor de ello?

Creo que, al final, no quiero ser recordada como una buena persona a cualquier precio. Prefiero pensarme como un ser humano contradictorio que intentó hacer las cosas bien, que se equivocó, que pudo haber sido injusto, egoísta o torpe, que ayudó sinceramente a algunas personas, que probablemente lastimó a otras sin querer y que siguió intentando comprenderse y corregirse sin convertir ese proceso en una campaña de relaciones públicas. Porque la percepción pertenece a los demás. El carácter, en cambio, me pertenece a mí. Los demás pueden idealizarme, despreciarme, malinterpretarme, admirarme, condenarme o simplemente olvidarme. Tengo muy poco control sobre eso. Lo único que puedo intentar controlar, aunque ni siquiera eso siempre me salga bien, es quién soy cuando no hay absolutamente nadie mirando. Y quizá esa sea la única forma de bondad que realmente me interesa.

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Comments · 1

  • @josemalavem(75)· 5h

    Excelente reflexión, con la relatividad y complejidad que este ejercicio requiere, más cuando se trata de pensarse a sí mismo. Saludos, @chris-chris92. PD: Una pregunta: ¿la segunda foto es una autofoto? Me recordó a un personaje del filme Blade Runner.