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Estrés, productividad y poca salud; sí, es un hecho... [ESP]

Me despierto estresada y me acuesto estresada. Entre una cosa y otra, intento convencerme de que estoy viviendo normalmente. Abro los ojos y ya estoy pensando en lo que tengo que resolver. Trabajo con la cabeza ocupada, descanso con la cabeza ocupada y hasta cuando consigo reírme durante unos minutos aparece después esa sensación desagradable de que debería estar haciendo alguna otra cosa. No hace falta que ocurra una tragedia para que el estrés aparezca. Puede ser una factura, un mensaje, una responsabilidad, una discusión pendiente o simplemente la acumulación de veinte pequeñas cosas que, por separado, no significan demasiado, pero juntas terminan ocupando todo el espacio mental disponible. Lo peor es que una se acostumbra. Empieza a llamar rutina a lo que quizá solamente es cansancio sostenido.

Después están esas pequeñas máquinas de distracción que supuestamente existen para ayudarnos a desconectar. Enciendo el televisor y encuentro problemas. Pongo fútbol y termino discutiendo mentalmente con una jugada. Abro Instagram para descansar cinco minutos y salgo de ahí con más información, más opiniones, más estímulos y, en ocasiones, peor humor. Es bastante ridículo: inventamos dispositivos para entretenernos, aplicaciones para comunicarnos y plataformas para distraernos, y aun así parece que no sabemos estar quietos. El silencio se volvió incómodo. La espera se volvió insoportable. Cinco minutos sin mirar una pantalla parecen desperdiciados. Entonces seguimos consumiendo cosas hasta que la cabeza está saturada y confundimos esa saturación con haber descansado. No sé en qué momento aceptamos semejante negocio, pero evidentemente alguien salió ganando. Yo no.

Tampoco compro demasiado esa idea de que todo se arregla organizándose mejor. Hay una industria entera alrededor de enseñarnos a administrar nuestro tiempo como si el problema fuera que no sabemos utilizar correctamente las veinticuatro horas del día. Agendas, aplicaciones, métodos, listas, rutinas, objetivos, hábitos y toda clase de fórmulas para conseguir que una persona cansada produzca un poco más. Y quizá algunas funcionen, pero hay algo profundamente absurdo en necesitar una estrategia para aprender a parar. A veces no necesito administrar mejor mi cansancio. Necesito dejar de producir durante un rato. No porque haya descubierto una filosofía superior de vida, sino porque soy una persona y no una máquina diseñada para convertir cada minuto disponible en resultados. Sin embargo, parece que admitir eso casi se ha convertido en una falta de ambición.

Mi cuerpo, por supuesto, no participa demasiado en esta negociación. Yo puedo decirme que estoy bien, que mañana descanso, que esta semana ha sido complicada o que cuando termine determinada responsabilidad voy a ocuparme de mí. El cuerpo no parece entender esos acuerdos. El cansancio se acumula, el sueño se altera, la paciencia disminuye y cualquier pequeño inconveniente puede sentirse más grande de lo que realmente es. No creo que absolutamente todo lo que me ocurre pueda explicarse por el estrés, porque la vida es bastante más complicada que eso. Hay circunstancias económicas, laborales, familiares, emocionales y sociales que también pesan. Precisamente por eso me parece ingenuo pensar que basta con respirar profundamente y organizar una bonita rutina matutina. Hay problemas que no desaparecen porque una descargue una aplicación de meditación. Algunos simplemente siguen ahí cuando termina la música relajante.

Y quizá esa sea la parte que más me molesta: hemos aprendido a funcionar así. Estresarse es normal, dormir poco es normal, estar agotada es normal, contestar mensajes mientras se come es normal, pensar en el trabajo mientras se descansa es normal. Lo anormal parece ser detenerse sin sentir culpa. Yo misma participo de esa contradicción. Me quejo del estrés y después lleno cualquier espacio vacío con algo que hacer. Me quejo del cansancio y continúo actuando como si descansar fuera un premio que tengo que merecer. No tengo una conclusión brillante para cerrar esto, porque tampoco quiero convertir mi propio agotamiento en una moraleja. Solo sé que si mi salud depende de seguir funcionando exactamente al mismo ritmo, entonces quizá el problema no sea que todavía no he aprendido a ser suficientemente productiva. Quizá llevo demasiado tiempo siendo productiva a costa de mí misma.

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