"Nuevo elogio del imbécil": Un ensayo de nuestro peor error como especie
Hay una paradoja que me interesa en la tesis de Pino Aprile: una especie que convirtió la inteligencia en su principal herramienta de transformación podría terminar favoreciendo a quienes menos la necesitan para adaptarse. En Nuevo elogio del imbécil, la provocación no consiste en decir que hay demasiadas personas estúpidas, sino en preguntar si la evolución cultural premia cualidades distintas de las que solemos admirar. A veces, comprender una situación hace más visibles sus contradicciones y sus límites. Me interesa esa inversión porque cuestiona una convicción arraigada: que el progreso de una civilización supone necesariamente el progreso intelectual de quienes la componen. Podemos construir sistemas complejos sin que cada individuo tenga que comprenderlos, y quizá ahí comienza la paradoja que Aprile nos obliga a considerar. El problema no es pensar, sino que pensar deje de tener consecuencias sociales.
No creo que la inteligencia sea una virtud moral ni que una persona inteligente sea, por ese solo hecho, más sensata o generosa. Tampoco confundo la estupidez con la falta de educación: hay personas sin formación académica capaces de ejercer un juicio admirable y personas instruidas que se aferran a disparates. La cuestión es qué características resultan ventajosas dentro de una organización social. Si una estructura recompensa la obediencia, la repetición y la ausencia de preguntas, quien se adapta sin cuestionarla puede avanzar con menos dificultades que quien detecta sus fallas. No significa que toda institución castigue la inteligencia ni que toda persona inconforme tenga razón. Significa que pensar y prosperar no siempre coinciden. El entorno no necesita declarar la guerra al intelecto: basta con que vuelva innecesario su ejercicio o convierta sus manifestaciones incómodas en un obstáculo.
Lo inquietante es que la estupidez puede ser funcional sin ser consciente de sí misma. No hace falta que alguien decida perjudicar la inteligencia; basta con que prefiera no complicarse, repetir lo conocido y aceptar una respuesta porque cuestionarla exige esfuerzo. El problema empieza cuando delegar tareas se convierte en delegar el criterio, cuando dejamos de distinguir entre confiar en otros y renunciar a pensar. Podemos aceptar procedimientos cuyo propósito hemos olvidado, opiniones que nunca examinamos y decisiones que defendemos porque proceden de una autoridad. No considero que cada persona deba convertirse en experta en todo. Me preocupa que confundamos eficiencia con comprensión y adaptación con juicio. Una sociedad puede funcionar gracias a rutinas eficaces aunque sus integrantes pierdan la costumbre de preguntarse si todavía tienen sentido.
Tampoco leería a Aprile como una invitación a despreciar a quienes consideramos menos inteligentes. Esa lectura sería cómoda: nos permitiría colocarnos del lado de los lúcidos sin examinar nuestra conducta. La estupidez no siempre consiste en incapacidad para resolver un problema; también aparece en la negativa a reconocerlo, en la certeza que sobrevive a cualquier evidencia o en justificar una decisión porque admitir el error resulta humillante. Podemos defender una idea porque nos identifica, rechazar un argumento porque nos desagrada quien lo presenta o preferir una explicación sencilla a otra incómoda. La inteligencia incluso puede fabricar razonamientos sofisticados para proteger nuestras certezas. Por eso, el valor de esta discusión no reside en decidir quién merece el calificativo de imbécil, sino en observar qué condiciones favorecen la renuncia al pensamiento y qué hacemos cuando pensar amenaza nuestros intereses. Esa superioridad imaginada puede ser otra forma de ceguera, menos evidente precisamente porque se cree capaz de reconocer todas las demás.
La paradoja de Aprile deja una pregunta difícil: ¿qué sucede cuando una civilización puede avanzar materialmente sin exigir un esfuerzo equivalente de comprensión? El desarrollo tecnológico tampoco demuestra, por sí solo, que hayamos aprendido a pensar mejor. Esa es la advertencia que encuentro en el planteamiento de Aprile: una sociedad puede premiar lo que facilita su funcionamiento inmediato, aunque ese premio no favorezca la reflexión ni la autonomía intelectual. La adaptación individual no siempre favorece el progreso colectivo. Podemos disponer de herramientas extraordinarias sin comprender sus consecuencias; acumular información sin adquirir criterio; resolver tareas con rapidez sin preguntarnos si vale la pena resolverlas así. El horror no está en que las personas se equivoquen, sino en que las condiciones hagan rentable no revisar nunca el error. Quizá la pregunta decisiva no sea cuánta estupidez hay en el mundo, sino cuánto espacio le concedemos cuando dejamos de considerar necesario pensar.
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