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Holos&Lotus

Satisfacción en medio de una costumbre amarga [ESP]

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Hay pequeñas satisfacciones que adquieren un significado particular cuando ocurren en lugares donde la gente parece empeñada en encontrarle un problema a todo. Halloween es una de ellas. Este sábado 31 de octubre tuve la oportunidad de disfrutar una celebración que, al menos en mi entorno, todavía despierta más objeciones que entusiasmo. Y no deja de resultarme curioso que una actividad cuyo propósito inmediato es divertir a los niños termine convirtiéndose en una discusión entre adultos que parecen tener demasiadas preocupaciones acerca de cómo deberían divertirse los demás. Mi hija estaba feliz, disfrazada, maquillada y disfrutando de una fecha que llevaba tiempo esperando. Yo también. No necesito construir una teoría demasiado sofisticada para justificarlo: verla disfrutar de su infancia es una satisfacción suficiente. Sin embargo, tampoco puedo evitar pensar en todo lo que hay detrás de esa sencilla posibilidad de celebrar.

Venezuela tiene una relación bastante particular con las costumbres que vienen de otras partes del mundo. Nos encanta consumir productos extranjeros, escuchar música de cualquier procedencia, vestirnos siguiendo tendencias internacionales, utilizar plataformas creadas a miles de kilómetros y adoptar expresiones culturales que incorporamos a nuestra vida cotidiana sin demasiadas preguntas. Pero cuando llega Halloween, aparece una especie de tribunal de las tradiciones dispuesto a recordarnos que eso no pertenece a nuestra cultura. Como si la cultura fuera una propiedad privada, una colección de prácticas inalterables que debiéramos custodiar para evitar que alguien introduzca una calabaza, un disfraz o una máscara en nuestras celebraciones. Me parece una contradicción bastante graciosa, aunque también revela cierta resistencia a aceptar que las sociedades cambian, se mezclan y adquieren nuevas costumbres. Ninguna cultura permanece intacta por el simple deseo de quienes pretenden conservarla. Y, francamente, tampoco creo que una niña tenga que cargar con semejante responsabilidad mientras intenta disfrutar una noche de Halloween.

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Quizás lo que más me interesa de esta celebración es que permite a los niños relacionarse con el miedo desde un terreno completamente distinto. Los monstruos, los payasos, las criaturas fantásticas y los personajes que normalmente podrían resultar inquietantes se convierten en disfraces, juegos y motivos para reírse. Hay algo saludable en esa posibilidad de representar aquello que asusta, jugar con ello y descubrir que no todo lo que parece amenazante tiene que convertirse en una experiencia angustiante. No estoy diciendo que Halloween sea una herramienta pedagógica extraordinaria ni que necesitemos atribuirle propiedades psicológicas para defender una fiesta. Tampoco hace falta exagerar sus virtudes. Es una celebración, y eso debería bastar. Los niños necesitan espacios para imaginar, experimentar, compartir y hacer cosas simplemente porque les producen alegría. La infancia ya tiene suficientes obligaciones, horarios, responsabilidades escolares y reglas impuestas por los adultos como para que también tengamos que administrarles las oportunidades de divertirse.

Detrás de esta fotografía hay algo que me gusta especialmente: no estamos hablando de una celebración extraordinaria, de un acontecimiento que vaya a cambiar nuestras vidas ni de una experiencia que necesite convertirse en una historia memorable para tener valor. Es una imagen familiar, una niña maquillada de payaso, unos padres que también se incorporaron a la ocasión y un momento de esos que probablemente terminarán formando parte de los recuerdos de su infancia. Me gusta haber participado, haberme permitido jugar un poco y no tomarme demasiado en serio esa necesidad adulta de encontrarle una explicación a cada cosa. Hay una diferencia considerable entre conservar las tradiciones que apreciamos y convertirlas en argumentos para despreciar las que no compartimos. Puedo disfrutar de nuestras celebraciones populares, reconocer su importancia y, al mismo tiempo, encontrar fascinante una costumbre extranjera. No hay ninguna contradicción en ello. La identidad cultural no debería ser una habitación cerrada con llave.

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Y sí, hay cierta satisfacción en medio de esta costumbre amarga. No porque Halloween necesite convertirse en una bandera de resistencia ni porque quiera convencer a nadie de participar. Cada familia tiene derecho a decidir qué celebra y qué no. Mi inconformidad aparece cuando esa decisión deja de ser personal y se transforma en una especie de reproche colectivo hacia quienes sí queremos hacerlo. No me interesa educar a mi hija para que repita automáticamente las preferencias de los adultos que la rodean, ni enseñarle que algo merece ser rechazado solamente porque no nació en el lugar donde vivimos. Prefiero que tenga curiosidad, que conozca otras expresiones culturales y que, cuando sea suficientemente grande, pueda desarrollar su propio criterio. Mientras tanto, quiero que tenga recuerdos felices, que se divierta, que se disfrace y que descubra que el mundo es mucho más amplio que las pequeñas fronteras que algunas personas levantan alrededor de sus costumbres. Al final, este Halloween me dejó una fotografía que me gusta, una experiencia compartida y la satisfacción de haber visto a mi hija disfrutar. No parece poca cosa para una celebración que algunos insisten en considerar innecesaria.

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Comments · 1

  • @rayhanhiveman(70)· 12h

    Congratulations, your post is curated through Ecency by rayhanhiveman