Nos vimos una tarde y al amanecer había pasado el primer día; y mis ojos, que vieron los tuyos se expandieron; y en los cristales de mis lágrimas te vi como el cristal que me faltaba; y antes del día segundo supe que eras el cielo por el que lloraba.
Y vino el hambre de volverte a ver, y te busqué en el fruto de los sueños, y en ese tercer día ¡cómo soñé! y descubrí que eras también mi sueño.
Y andaba yo volando porque ya tenía cielo y sueño, y tus ojos me servían de lumbreras y en ese día cuarto ya tuve luna y sol y estrella; deje de ser inmensamente ciego.
Y vino una paloma, y cantó cerquita de mi oído, y de su pico me extendió una rama, y vi que la paloma era tu imagen, y que la rama me tendía tu mano; y ese día quinto eras el ave de mi alma.
Y ya con alma, pudimos crear los animales; el tigre, en tu piel leche, fui esa noche y tú la mariposa que amansó mis garras de ese primer encuentro de aquel sexto día.
Y llegó la mañana del domingo, y nos fuimos alegres de paseo, a despertar el mundo y para que supiera que Adán y Eva empezaban de viejo a hacer nuevo los días.
Imagen de Canva



