<br<
Hoy, 1 de octubre, es el Día Internacional de la Música, como lo estableciera la UNESCO en 1975 (ver aquí)). Se me ocurrió escribir esta breves reflexiones muy personales acerca de ella.
Balen Minerva among the Muses (detail). Fuente
“Esa cosa liviana, alada y sagrada”, decía Borges que era la caracterización platónica de la poesía. Podríamos trasvasarla a la música, pues sabemos que ambas tuvieron un origen único en la remota antigüedad. En lo personal, siento y aprecio a la música —diría, la que me gusta y llena— con esos caracteres. Hablo desde la música de antiguos griegos, de hindúes y sufíes, de la que en el Medievo, el Renacimiento y el Barroco llenaron las más altas composiciones (Hildegard von Bingen, Palestrina, Monteverdi, Vivaldi, Bach, Händel…), o la de nuestros aborígenes americanos. Y con estos últimos entra un rasgo específico y diferenciador, quizás el ritmo africano, que se convertirá en la América anglosajona en blues y jazz, expresiones que también vuelan y nos comunican con algo sagrado que está en nuestro espíritu. Y ni hablar de los grandes del pop y el rock (inolvidables los Beatles y sus compositores individuales, la poesía cantada de Bob Dylan, el rock sinfónico de Pink Floyd, por citar solo unos). Soy amante del buen bolero y la “salsa brava”, como se le ha dicho; nada de “salsa erótica”, más bien un remoquete. Desde el son cubano y montuno hasta las composiciones poéticas de Rubén Blades, las desgarradoras de Héctor Lavoe y la del saoco de Ismael Rivera. En mi apreciación, pongo en duda –y me perdonan sus fans– esa producción musical que ha sido denominada reguetón (nada que ver con el reggae de Marley) y todas esas últimas derivaciones meramente comerciales en un sentido obsesivamente vulgar. Por supuesto que asumiré mi condición de conservador, y si se quiere, discriminador. Pero la música no puede perder sus alas.
Gif diseñado por @equipodelta

