La película nominada al Óscar The Post (2017), dirigida por Steven Spielberg y protagonizada por Meryl Streep y Tom Hanks, tiene como tema principal la libertad de prensa, pero también gira en torno a un tema de gran relevancia y muy vigente: el rol de la mujer en el mundo laboral.

Meryl Streep encarna el papel de Katharine Graham, una mujer que marcó pauta al ser la editora en jefe del Washington Post en un momento crucial en la historia de los Estados Unidos: en la década de los 70, el New York Times habría revelado secretos de Estado sobre la guerra de Vietnam, y el presidente Nixon quería cerrar el emblemático periódico, poniendo así en peligro a los demás medios de comunicación y a la libertad de expresión en el país.

Pese a todas las amenazas, presión social y política (y teniendo absolutamente todo que perder) Katharine Graham decidió apostar por la libertad y permitió que el Washington Post publicara el resto de la información sobre la guerra de Vietnam. Los demás periódicos siguieron su ejemplo y, al final, prevaleció la verdad sobre la censura.

Sin embargo, este no fue un camino fácil. Graham heredó el periódico de su fallecido esposo, quien a su vez lo recibió del padre de Katharine. Es decir, ella no heredó la empresa de su padre, la heredó su marido. En esa época, esto era algo natural debido a que las mujeres no estaban muy involucradas en el ámbito laboral; mucho menos a nivel ejecutivo.
Tomando en cuenta este contexto, la película refleja la difícil situación para Graham: una mujer subestimada, a pesar de ser dueña de un periódico, no llevaba la voz cantante en el mismo y siempre se veía opacada por sus asesores. Esto es enfatizado en una escena donde Katharine sostiene una reunión con unos banqueros, y cada vez que interviene, nadie la escucha; rodeada de hombres, son sólo hombres escuchando a otros hombres. Ella es invisible. La frustración de su mirada y sus manos temblorosas proyectan la impotencia que sienten las mujeres al verse en esta terrible situación... Relegadas al papel de un simple accesorio.

Resulta incluso escalofriante la panorámica cada vez que vemos una escena en la oficina de redacción del periódico o en una sala de reuniones: normalmente una o dos mujeres rodeadas de muchos hombres, o ninguna mujer en absoluto. Esto nos hace reflexionar sobre el progreso que se ha logrado en casi 50 años, y todavía falta.

Finalmente, Katharine Graham comprende que si desea ser escuchada, ella debe imponerse y hacer valer su voz. Asume su rol como editora, dueña de la compañía y se arriesga al autorizar la publicación de la información confidencial sobre Vietnam, a pesar de las amenazas del gobierno y la posibilidad del cierre del periódico (y de ser enviada a la cárcel).



De esta forma, Graham pasó a la historia como una de las figuras más importantes de la prensa estadounidense, así como en un símbolo para todas las mujeres que desean alzar su voz, luchar por sus ideales y lograr sus objetivos.
Graham lo entendió muy bien: si una voz es acallada, ¿quién hablará por nosotros cuando todos hayamos sido silenciados por el yugo de la censura?
