Lunes 28 de septiembre de 2026
Sobre veranos lejanos
Había una vez —en mi infancia— veranos inolvidables...
(Imagen generada con qwen.ai)
Tuve la suerte de empezar a trabajar muy joven. Al terminar la primaria, conseguí trabajo en un hotel de mi región. Toda la costa, desde mi pueblo hasta la desembocadura del río Nautla, es zona turística.
En los años ochenta no había muchos hoteles: quizá cuatro o cinco en toda la costa.
En ese hotel aprendí a nadar solo, por mi cuenta. Enfrentando el temor al agua, y aprendiendo poco a poco. Fue una gran experiencia enfrentar mi miedo al agua y descubrir lo que se sentía flotar y moverse en ella.
Lo más interesante ocurría en temporada alta. ¿Qué se les viene a la mente? ¿Pueden imaginar a un adolescente trabajando en un hotel? Temporada alta: más dinero, más trabajo, mucha más gente.
Bueno, todo eso era cierto. También lo era que algunos días terminaba agotado.
Pero, fuera de eso, las cosas ocurrían casi sin darme cuenta. Me encantaba la idea de nadar en la piscina (decíamos 'alberca') como parte de las vacaciones, disfrutaba caminar por la playa después de mi turno. Para mí era una oportunidad de perderme entre aquella multitud de gente de ciudad, ansiosa por revivir algo con la energía de la playa.
Se les notaba el hambre de arena, de agua, de aire. Por un rato, por unos días, aquello era una especie de libertad.
En mi pueblo la gente no tenía la costumbre de usar traje de baño, y mucho menos de dos piezas. Aquellos días eran, de alguna manera, una fiesta para mí. Eran la oportunidad de ver a las jóvenes con sus hermosos trajes de baño, a veces desbordantes de belleza, caminando por toda la playa.
Hay un verano en particular que guardé para siempre en mi memoria. Fue el verano en que conocí a jóvenes de la Ciudad de México, de Puebla, de Monterrey y de Cuernavaca. Quizás debería decir: Ellos me conocieron a mí.
En aquellos días de vacaciones, después del turno me quedaba en el hotel y pasaba las tardes nadando en la alberca y en el mar.
Yo era un muchacho tímido. Pero aún con mi timidez logré hacer algunos amigos mientras nadaba en aquel grupo que se volvía un grupo colectivo: quizás jugando con una pelota, o simplemente conversando mientras flotábamos en la alberca. Desde luego, nunca fui yo quien empezaba aquellas conversaciones.
Después de algunos días, ya en confianza con varios de ellos, una noche organizaron una fogata en la playa. Fue inolvidable para mí pasar aquella velada con amigos que probablemente no volvería a ver jamás.
Llevaban malvaviscos, que para mí tenían un nombre más simple y sencillo: bombones. Y mientras platicábamos los ponían al fuego para asarlos. Para mi boca, aquello era algo exótico y delicioso.
Qué asombroso: ellos habían llegado a un lugar que les parecía exótico y tranquilo, y me enseñaban cosas que eran exóticas para mi experiencia de vida.
Uno de aquellos jóvenes contó una historia… algo de una anciana que había muerto. La habían enterrado con un valioso anillo de oro. Un día, unas personas codiciosas abrieron su tumba y se llevaron el anillo. Fue una maldición para ellos: todos los que se atrevieron a usarlo comenzaron a tener sueños extraños… y uno por uno fueron muriendo. Era la anciana que volvía por su anillo. Dios mío, daba miedo escuchar esa historia. Pero me gustó. El chico tenía talento narrativo, le daba entonación a la voz de misterio y de terror, lo que asustaba a las chicas.
Aquella noche se dijeron muchas cosas más, pero esa es la historia que vuelve a mi memoria.
Había dos hermanas de la Ciudad de México —del viejo D.F.las hermanas Gómez, si no mal recuerdo— y una estudiante de Cuernavaca. En algún lugar de mis apuntes debo tener todavía sus datos. Se llamba Aidé.
Durante años me mantuve en contacto con ellas. Trabajando en la recepción del hotel tenía la oportunidad de hacer llamadas gratis: hice amistad con las operadoras de la central telefónica, quienes de vez en cuando visitaban el balneario y ellas me comunicaban sin cobrar. Eran los tiempos en que las llamadas de larga distancia pasaban por la operadora de la central de San Rafael, Veracruz.
Aquellos días transcurrieron en Playa Paraíso, cuando cada pueblo tenía su propio nombre para su pedazo de playa. Hoy, toda esa costa se conoce como Costa Esmeralda.
No puedo negar que aquellas chicas me gustaban, en especial la de Cuernavaca. Recuerdo su nombre, Aidé. Sus ojos y su voz me encantaban. Hablábamos por horas.
Con el tiempo llegué a tratar de verdad a las dos hermanas, las hermanas Gómez, de la Ciudad de México. Cuando empecé a viajar allá, me invitaban a su casa y se volvió una amistad entrañable. Sus padres eran contadores; una de las chicas estudiaba Contaduría en la Universidad Nacional Autónoma de México y la otra hermana estudiaba Psicología. Yo estudiaba Lenguas en la Universidad Autónoma de Puebla, a dos horas de la ciudad de México. Nos veíamos de vez en cuando durante los años en que estaba en Puebla; desde ahí era más fácil llegar a la Ciudad de México.
Y cada vez que mencionaban a Aidé, algo extraño se removía en mi corazón. Ellas me saludaban al estilo argentino
¡Oye che...! ¿Cómo estás Che?
Años después, las últimas veces que hablé con Aidé por teléfono, ella me contó que se había casado. A partir de entonces, poco a poco, empezamos a distanciarnos. Cuando yo llamaba, podía sentir los celos de su marido: se oía en la manera en que cambiaban nuestras conversaciones.
Hermosos recuerdos. De esos que solo dejan los veranos lejanos.
(Agradecimiento especial a Evan por esta hora de Medium en la que nos da un espacio para echar a volar la imaginación los miércoles, los jueves para mí)
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