
He querido escribir unas líneas después de un mes de uno de los sucesos más terribles que he vivido: el doblete sísmico de Venezuela.
Primero, contarles cuál fue mi experiencia ese día. Era feriado, así que no tenía que ir a trabajar, así que temprano fui a hacerme las uñas y para la tarde había visto que había una promoción de Burger King de hamburguesas, algo súper bueno, como cinco hamburguesas por 10 dólares, y además tenía ganas de ir con mi novio al cine.
Fuimos al centro comercial Sambil de La Candelaria, acabábamos de llegar tipo 6:00 p. m. Empezamos a subir las escaleras mecánicas y, cuando estábamos por llegar al piso 3, hubo un bajón de luz. Recuerdo que me quejé porque queríamos ir al cine y, obviamente, con problemas eléctricos no iba a poder ser. Nosotros terminamos de subir los pocos escalones que faltaban para llegar al piso, pero hubo personas que no reaccionaron y se quedaron en las escaleras. De ellos también me burlé, preguntándome si acaso eran españoles para no reaccionar ante una ida de luz.
En ese momento volvió la luz, pero junto con un fuerte movimiento. El suspiro colectivo de que había regresado la luz se convirtió en gritos de terror. Mi novio me dijo: «Está temblando», y lo tomé de la mano fuertemente para que no nos perdiéramos, porque la gente corría en varias direcciones. Después del primer movimiento se sintió uno mucho más fuerte, todo se movía, los vidrios vibraban y yo le gritaba a mi novio que se alejara de los vidrios, pero era difícil: teníamos de un lado la baranda y del otro las fachadas de los locales.
Me acuerdo de que vi hacia los carteles informativos para identificar las salidas de emergencia; rápidamente pude divisar una y le dije que me acompañara y se cubriera la cabeza. Vi cómo se caían pedazos de las paredes, escombros, y todos los perfumes de una mesa tipo kiosko frente a la tienda Gina.
Al encontrar la puerta de emergencia, vimos que tenía muchos escombros delante. Le dije a mi novio que la empujara para poder abrirla y comenzar a bajar. Bajamos tan rápidamente que seguía moviéndose todo y nosotros ya habíamos bajado al menos un piso; sé que bajamos con mucha rapidez. Salimos por la avenida Vollmer. Estaba mucha gente conglomerada allí y, luego de superar el tapón de gente, pudimos salir; cruzamos la calle a una isla que había frente al Banco Provincial. Vimos cómo se caían ladrillos de la fachada, cómo algunos edificios tenían grietas, y a la gente corriendo y llorando, todos tratando de llamar, pero las líneas estaban caídas. Recuerdo que le dije a mi novio: «Creo que fue de 7 en la escala de Richter y seguramente tuvo que haber muertos», porque fue muy fuerte. Sentía mucha preocupación por la gente que se quedó en las escaleras mecánicas, pues sentía que alguien se pudo haber caído con el movimiento tan fuerte.
Después escuchamos ambulancias; al reaccionar, bajamos a la Plaza de la Juventud, desde donde intentamos por todos los medios comunicarnos. Logramos saber que nuestra familia se encontraba bien. Estando allí se sintieron dos réplicas; después de un rato esperando, nos fuimos caminando hacia la casa. Vimos mucha gente en las calles y muchos edificios con daños.
Al llegar, mi edificio no tenía servicio eléctrico y yo casi no tenía batería, así que me quedé un rato en un local cargando mi teléfono. Luego no recuerdo en qué momento supimos que en La Guaira la cosa había sido peor.


Al día siguiente me enteré de que un compañero del posgrado se encontraba desaparecido. Después nos llenamos de falsas esperanzas pensando en por qué salió una información de que se encontraba en un hospital; incluso una vecina decía que había sido rescatado y, días después, fue encontrado en el mismo edificio donde se encontraba.
Los primeros días fueron los peores. Sentí réplicas en mi edificio, las piernas me temblaban y en las noches no podía dormir. Muchas personas fallecieron: familias enteras, niños que quedaron sin sus padres, personas que perdieron sus extremidades, personas cuyos cuerpos fueron enterrados sin tener certeza de su identidad y muchos cuerpos que no lograron ser rescatados de entre los escombros.
Las historias son muy dolorosas y nos demuestran lo fugaz que es la vida, que no importa cuánto tengas o qué poseas, lo puedes perder todo en un instante. Me siento muy agradecida de que mi vivienda fue declarada como habitable, sufrió daños menores en las paredes, y estando en la calle tampoco sufrí por la caída de algún escombro o algo así. Pero lamentablemente muchas personas fallecieron a minutos de empezar un partido importante del Mundial, así que seguramente estarían sentados viendo la televisión o algo así tranquilamente sin saber que serían sus últimos momentos. Muchos otros pasarían horas atrapados pidiendo auxilio hasta que sus cuerpos se quedaron sin fuerzas; me da mucha tristeza pensar en eso.
Lo más lamentable es que son cosas que tal vez se hubieran podido evitar si las construcciones hubiesen seguido las mejores normas de calidad. Solo queda orar por los fallecidos y esperar mejores gestiones de construcción para evitar más tragedias como estas en el futuro.




