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Demasiada soledad, te liquida; sino pregúntale a Kafka: "Un artista del hambre" [ESP]
Franz Kafka debió de ser un hombre bastante desgraciado, y no utilizo la palabra como un insulto, sino casi como un reconocimiento de esa condición incómoda de quienes nunca encuentran un lugar donde estar verdaderamente a gusto. Era introvertido, retraído y alguien que parecía no conseguir reconciliarse con el mundo que le había tocado habitar. No creo que su aislamiento respondiera a la pretensión de considerarse especial. Me parece bastante más triste: sencillamente no encajaba y tampoco encontraba una manera satisfactoria de dejar de sentirse ajeno. Escribió durante buena parte de su vida sin experimentar un reconocimiento comparable a la importancia que terminaría adquiriendo su obra. Murió en 1924, antes de convertirse en uno de los nombres fundamentales de la literatura del siglo XX. Su amigo Max Brod, además, desobedeció su voluntad de destruir buena parte de sus manuscritos. Hay algo irónico en esa historia: un hombre que pasó buena parte de su existencia sintiéndose incomprendido terminó siendo leído y admirado por generaciones enteras. Quizá por eso me interesa tanto volver sobre Un artista del hambre. Porque hay una pregunta que atraviesa este relato y va bastante más allá de la literatura: ¿cuánta soledad puede soportar una persona antes de terminar completamente consumida por ella?
El protagonista es un artista que convierte su capacidad para ayunar en un espectáculo público. Durante algún tiempo despierta fascinación, congrega espectadores y recibe la atención de quienes encuentran extraordinario aquello que hace. Sin embargo, los gustos cambian, el entretenimiento encuentra otras formas de satisfacer la curiosidad colectiva y el artista termina perdiendo su lugar. Su conflicto es mucho más profundo que la necesidad de recuperar popularidad: necesita que alguien comprenda aquello que hace, pero ni siquiera quienes lo observan parecen capaces de aproximarse a su verdadera motivación. Existe una diferencia enorme entre despertar curiosidad y provocar comprensión. Los espectadores pueden vigilar sus movimientos y pagar por contemplar su desempeño sin establecer jamás una relación auténtica con él. Está expuesto, pero no acompañado. Es visible, pero permanece inaccesible. Y esa es una de las formas más desagradables de la soledad: llamar la atención de todo el mundo sin encontrar a nadie con quien compartir lo que realmente somos. Confundimos demasiado fácilmente la compañía con la conexión humana. Compartimos espacios, conversaciones y hasta construimos relaciones aparentemente sólidas, pero nada garantiza que alguien esté dispuesto a encontrarse con nosotros cuando dejamos de representar un papel. El artista tiene espectadores; lo que no tiene es interlocución.
Hay otra cuestión todavía más perturbadora: el personaje no consigue abandonar aquello que lo separa de los demás, incluso cuando el mundo deja de interesarse por él. Su identidad está tan estrechamente ligada a su particularidad que termina atrapado dentro de ella. No sabe hacer otra cosa, pero tampoco parece dispuesto a renunciar a aquello que lo define. Y aquí conviene detenerse: existe una diferencia entre defender nuestra individualidad y convertirla en una prisión. No toda incomprensión es una injusticia ajena, ni toda incapacidad para relacionarnos demuestra que seamos personas excepcionales. A veces también participamos de nuestro propio aislamiento, alimentamos nuestras distancias y esperamos que los demás comprendan aquello que jamás nos hemos atrevido a comunicarles. Kafka parece conocer muy bien esa contradicción. Sus personajes desean establecer algún tipo de contacto con el mundo, pero parecen incapaces de encontrar una puerta de entrada. No es una soledad necesariamente elegida, aunque tampoco resulta sencillo escapar de ella. Y me parece importante no romantizarla. Existe cierta fascinación por el individuo atormentado, por el escritor incomprendido, como si el sufrimiento fuera una condición indispensable para producir algo extraordinario. Pero sufrir no convierte automáticamente a nadie en artista, y sentirse solo tampoco garantiza profundidad. La soledad prolongada puede empobrecer nuestras relaciones hasta convertir cualquier posibilidad de encuentro en una amenaza.
El desenlace contiene, a mi juicio, la observación más cruel de Kafka. Cuando finalmente se descubre por qué el artista no había abandonado su práctica, su explicación resulta devastadoramente sencilla: nunca había encontrado una comida que le gustara. No se trataba de una demostración extraordinaria de voluntad ni de una decisión heroica. Simplemente no había encontrado aquello que pudiera satisfacerlo. Toda su existencia pública, sus sacrificios y su necesidad de reconocimiento quedan atravesados por una carencia que nadie había conseguido interpretar. El mundo llevaba demasiado tiempo observando el espectáculo como para preguntarse qué había detrás de él. Y aquí encuentro una conexión interesante entre el artista y Kafka: esa dificultad para encontrar algo en el mundo que permita sentirse verdaderamente reconciliado con la propia existencia. No pretendo reducir la obra a una confesión autobiográfica, pero sí creo que Kafka conocía esa sensación de buscar algo cuya naturaleza ni siquiera resulta fácil explicar. El artista no estaba esperando aplausos, aunque los hubiera recibido. Había una necesidad que no encontraba respuesta. Y cuando una persona pasa demasiado tiempo sin encontrarla, corre el riesgo de acostumbrarse tanto a su carencia que termina confundiéndola con su identidad. Lo terrible no es solamente que nadie haya conseguido comprenderlo, sino que, cuando finalmente alguien podría escuchar su explicación, ya casi no queda tiempo para que esa comprensión importe.
Por eso no creo que Un artista del hambre sea exclusivamente un relato sobre la incomprensión del artista o la indiferencia de una sociedad que consume aquello que antes admiraba y después desecha. También habla de la necesidad humana de encontrar alguna forma de correspondencia con el mundo. Podemos soportar bastante indiferencia, incluso atravesar temporadas en las que nadie parece particularmente interesado en nosotros. Lo verdaderamente difícil es vivir sin encontrar un espacio donde nuestra existencia no tenga que justificarse. Y no hablo de necesitar aprobación, reconocimiento o una multitud que certifique nuestro valor. Hablo de algo mucho menos espectacular: tener a alguien con quien compartir una idea absurda, una preocupación insignificante o incluso un silencio que no resulte incómodo. Hay una diferencia entre disfrutar de la propia compañía y terminar convirtiéndola en la única compañía disponible. Kafka murió sin conocer la trascendencia literaria que alcanzaría su nombre, y su protagonista termina apartado cuando deja de resultar interesante para el público. Ambos pertenecen, de maneras distintas, a esa incómoda conversación sobre lo que ocurre cuando una persona no encuentra correspondencia en su entorno. Quizá por eso el título me parece tan acertado: demasiada soledad, te liquida. No porque necesitemos estar rodeados de personas, sino porque necesitamos alguna evidencia de que nuestra existencia puede tocar la de alguien más. De lo contrario, podemos terminar haciendo de nuestra propia incomunicación una forma de vida. Kafka, que sabía bastante de eso, nos dejó un personaje encerrado en una jaula que el público podía visitar, pero que nadie se tomó realmente el trabajo de comprender.
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