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Catarsis

Hasta que el cáncer nos separe... [ENG]

En los últimos cuatro años de mi vida he perdido a personas que amo por esta enfermedad. Es eficiente, relativamente rápida, cruel y sumamente degenerativa. Te reduce. Te somete, te iguala a tus peores temores. Hay algo que me cuesta muchísimo aceptar en todo esto, y es que uno puede pasar años viviendo con la idea de que la muerte existe, de que las personas envejecen, de que eventualmente vamos a perder a quienes queremos, y aun así no estar preparado para lo que significa ver a alguien consumirse por una enfermedad. No es exactamente la muerte lo que te cambia. Es todo lo que sucede antes. Es la transformación, la incertidumbre, la impotencia, esa sensación de que la persona que tienes delante sigue siendo la misma y, al mismo tiempo, está atravesando algo que la aleja progresivamente de todo lo que conocías de ella. Y tú estás ahí. Queriendo ayudar, queriendo hacer algo, queriendo que las cosas sean distintas, sin que necesariamente exista una manera de conseguirlo.

La vida es lo que sucede entre Mundial y Mundial, pero también es hasta donde podamos decir que el cáncer nos dejó vivir. Hay una diferencia enorme entre ambas cosas, aunque a veces parezcan la misma. Porque una cosa es contar los años, los cumpleaños, los viajes, las conversaciones que tuvimos, y otra muy distinta es empezar a medir la vida de alguien en función de una enfermedad. Cuánto tiempo antes del diagnóstico, cuánto después, cuánto queda, cuánto podemos esperar. Me parece terrible que una existencia pueda terminar convertida en una sucesión de intervalos médicos, en una especie de calendario involuntario donde cada fecha adquiere un significado que nunca debió tener. Y me pregunto cuánto de nuestra vida realmente vivimos cuando empezamos a estar pendientes de cuánto podría quedarnos. No solamente quienes enferman, sino también quienes los acompañamos. Porque, de alguna manera, nosotros también empezamos a vivir bajo esa amenaza.

Hay algo más que me inquieta, y es la manera en que estas experiencias terminan instalándose en uno. No sé si existe una palabra suficientemente precisa para describir lo que significa observar repetidamente el deterioro y la muerte de personas que amas y descubrir que ya no puedes mirar ciertas cosas de la misma manera. No hablo de una transformación particularmente extraordinaria. No me siento más sabia, ni más fuerte, ni creo haber descubierto alguna verdad fundamental sobre la existencia. Simplemente hay cosas que ahora me producen miedo, cosas que antes no ocupaban ningún espacio en mi cabeza. Hay una vulnerabilidad que se vuelve demasiado familiar. Y, aunque no me guste reconocerlo, también existe cierta anticipación del dolor. Una parte de mí que parece estar siempre intentando imaginar lo peor, como si conocer de antemano las posibilidades pudiera hacerlas menos insoportables. Es absurdo. Lo sé. Pero hay experiencias que no desaparecen cuando terminan. Se quedan contigo, incluso cuando preferirías no tener que pensar en ellas nunca más.

Quizá lo más difícil de todo sea comprender que no existe una forma limpia de salir de estas experiencias. No hay un momento preciso en el que puedas decir que has terminado de procesarlas, que has aprendido a convivir con ellas, que finalmente has recuperado esa tranquilidad que tenías antes. La vida continúa, naturalmente. Continúa porque tiene que hacerlo, porque hay otras personas, otras responsabilidades, otras cosas que necesitan de nosotros. Pero continuar no significa necesariamente haber superado nada. A veces simplemente significa que has aprendido a funcionar con una parte de ti ocupada en otra cosa. Y me parece que hay una diferencia importante entre estar bien y acostumbrarse a que algo duela. Una diferencia que probablemente no siempre somos capaces de reconocer, ni siquiera cuando somos nosotros quienes estamos viviendo esa experiencia.

No sé por qué estoy pensando tanto en esto, aunque supongo que cuatro años son tiempo suficiente para que ciertas preguntas dejen de ser abstractas. No tengo ninguna conclusión particularmente optimista, ni una reflexión que pueda convertir estas pérdidas en algo menos doloroso. Me gustaría tenerla. Me gustaría poder hablar de todo esto sin sentir que estoy intentando encontrarle algún sentido a lo que, en realidad, solamente quisiera que no hubiera ocurrido. Pero hay algo que sí he entendido, y es que el cáncer no solamente afecta a quienes lo padecen. También modifica la vida de quienes los aman, de quienes los acompañan, de quienes sobreviven y tienen que aprender a relacionarse con una ausencia que no eligieron. Y quizás eso sea lo que más me cuesta aceptar. Que algunas personas se van, pero la experiencia de haberlas perdido continúa sucediendo dentro de nosotros. Que hay despedidas que no terminan cuando alguien muere. Y que, de alguna manera, seguimos intentando aprender a vivir con ellas.

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