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Messi, un tipo distinto, muy distinto [ESP]

Messi, desde una visión femenina

Ayer, 6 de octubre de 2026, Lionel Messi jugó por última vez con la camiseta de la selección argentina. Después de 21 años, desde aquel debut en 2005, una etapa que parecía demasiado larga para terminar algún día finalmente terminó. Y mientras veía ese partido contra Benín en el Monumental, pensé que quizá lo más difícil de explicar no es lo que Messi significa para el fútbol, sino lo que significa para quienes lo hemos visto crecer, caer, insistir, perder, ganar y convertirse en una figura que dejó de pertenecer únicamente a Argentina. Tres finales de un Mundial, un campeonato del mundo, dos Copas América, una Finalissima, tres subcampeonatos, un tercer lugar y una cantidad de reconocimientos individuales y colectivos que ya resulta difícil enumerar. Todo eso puede registrarse en estadísticas, pero las estadísticas no explican por qué millones de personas sienten que están despidiendo a alguien cercano. Yo soy una mujer hablando de un hombre al que no conozco, y precisamente por eso me interesa escribir desde ese lugar. No puedo hablar de Messi como si conociera su intimidad, porque no la conozco. Lo que conozco es aquello que ha decidido mostrar, aquello que hemos podido observar durante más de dos décadas y, sobre todo, la impresión que deja en mí.

Desde una mirada femenina, hay algo en Messi que me resulta particularmente admirable y que no tiene demasiado que ver con sus goles. Me interesa el hombre que ha conseguido prácticamente todo lo que podía conseguir en su profesión sin construir alrededor de sí mismo una personalidad basada en la superioridad. En una época en la que la exposición pública puede convertir cualquier virtud en una estrategia de imagen, Messi siempre me ha parecido mucho más reservado, mucho menos interesado en explicarse constantemente. No necesita recordarnos quién es. Su carrera lo hace por él. Y eso, para mí, tiene un valor enorme. También me resulta significativo que su figura pública esté asociada a su familia, a sus hijos, a sus amigos, a sus compañeros y a una forma bastante sencilla de relacionarse con el reconocimiento. No sé cómo es Messi puertas adentro, ni pretendo saberlo. Nadie que no forme parte de su vida puede afirmarlo. Pero sí puedo reconocer lo que durante años hemos visto: un hombre que alcanzó una dimensión extraordinaria sin que esa dimensión pareciera borrar completamente al individuo que estaba debajo. Puede ser imperfecto, puede haberse equivocado y seguramente tenga aspectos de su personalidad que desconocemos. Eso no disminuye su valor. Al contrario, lo vuelve más creíble.

También pienso en todo lo que tuvo que soportar para llegar hasta aquí. Messi no tuvo una carrera construida únicamente sobre victorias. Hubo derrotas con Argentina que durante años parecieron definirlo más que sus triunfos. Hubo críticas, cuestionamientos, frustraciones y momentos en los que una parte del mundo esperaba que demostrara algo que ya había demostrado muchas veces. Y, sin embargo, continuó. No porque haya sido invulnerable, sino porque aprendió a seguir adelante. Este año, además, perdió a su padre, Jorge, y quienes hemos observado sus últimas apariciones hemos podido notar algo diferente en él. No hace falta convertir ese dolor en espectáculo para reconocerlo. Hay pérdidas que se perciben en el rostro, en la manera de hablar, en la forma de estar. Y aun así, Messi continúa con su familia, con su profesión y con su vida. A mí eso me conmueve mucho más que cualquier récord. Porque el éxito deportivo puede explicarse mediante disciplina, talento, condiciones excepcionales y trabajo. La capacidad de continuar siendo una persona después de haber atravesado pérdidas, presión y exposición permanente pertenece a otro terreno. Es ahí donde encuentro una parte de su legado que no aparece en ningún palmarés.

Quizá por eso me parece injusto reducir la despedida de Messi a la despedida de un futbolista. El fútbol es, por supuesto, el lugar desde el cual se construyó todo esto, y sería absurdo negar que estamos ante uno de los jugadores más extraordinarios que ha existido. Pero Messi terminó convirtiéndose en algo mucho más amplio. Hay personas que lo vieron jugar desde niños y ahora tienen hijos que también lo admiran. Hay personas que crecieron con él como una presencia constante en sus vidas deportivas. Hay quienes lo descubrieron en Barcelona, quienes lo descubrieron con Argentina, quienes lo conocieron por el Mundial de 2022 y quienes simplemente saben quién es porque su nombre pertenece ya a una cultura global. Eso es difícil de conseguir y todavía más difícil de explicar. Messi ha logrado que personas de países, edades, culturas y generaciones completamente diferentes compartan una referencia común. Y aunque suene extraño decirlo desde una perspectiva femenina, creo que también existe una forma particular de observar a un hombre cuando no se lo mira únicamente desde la competencia. Yo no necesito haber pateado una pelota para reconocer lo que significa ver a alguien sostener durante tantos años una disciplina, una responsabilidad y una exposición que muy pocas personas podrían soportar.

Por eso quería escribir esto. No para declarar que Lionel Messi es perfecto, porque no lo es. Tampoco para convertirlo en una especie de santo laico, porque me parece que eso le quitaría precisamente aquello que más admiro de él: su humanidad. Quería escribir como mujer, como alguien que ha observado su trayectoria durante 21 años y que entiende que hay figuras que, independientemente de cuánto sepamos de ellas, terminan formando parte de nuestra memoria personal. Para mí, Messi es una de esas personas. Lo es por el jugador, por el campeón, por el goleador, por el asistidor, por el creador, pero también por el hombre que parece haber entendido que alcanzar una posición extraordinaria no obliga a comportarse como alguien superior a los demás. Tal vez ese sea el aspecto de su legado que más me interesa conservar. El fútbol tendrá nuevas estrellas, nuevos campeones y nuevos jugadores capaces de hacer cosas extraordinarias. Messi, en cambio, ya pertenece a otra categoría: la de las figuras que una generación entera siente que tuvo el privilegio de presenciar. Y ayer, cuando terminó su último partido con Argentina, no sentí solamente que terminaba una carrera internacional. Sentí que terminaba una parte de mi propia historia como espectadora. Eso es lo que significa Messi para mí. No conozco al hombre que está detrás del apellido, pero conozco suficientemente bien lo que ese apellido ha significado para mi generación. Y, desde mi propia visión femenina, creo que eso merece ser dicho.

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