¿Puede alguien que no ha experimentado algo, saber qué se siente? G. Orwell: Que no muera la aspidistra [ESP]
Me parece que Que no muera la aspidistra es una de esas novelas de George Orwell que merecen bastante más atención de la que reciben, precisamente por las contradicciones que contiene. No porque sea su mejor obra, ni porque tenga una profundidad filosófica que la distinga de todo lo demás que escribió, sino porque permite acercarse a un problema que me interesa mucho más que cualquier clasificación literaria: la distancia entre lo que creemos, lo que defendemos y lo que somos capaces de reconocer cuando la realidad nos pone a prueba. Orwell tenía una forma de escribir que me gusta por una razón muy concreta: podía plantear problemas complejos sin obligar al lector a descifrar un tratado de filosofía. No era un escritor simple, pero tampoco necesitaba esconder sus ideas detrás de una abstracción permanente. Y eso hace que sus contradicciones sean todavía más interesantes. Un hombre de izquierdas, comprometido con determinadas ideas políticas, terminó cuestionando algunas de las certezas que circulaban dentro de su propio entorno ideológico. Hay algo incómodo en eso, sobre todo para quienes entienden la política como una adhesión incondicional a un conjunto de ideas. A mí me interesa justamente lo contrario: qué ocurre cuando una persona se toma sus convicciones lo suficientemente en serio como para enfrentarlas con aquello que ha vivido. Por eso la pregunta del título no es un simple ejercicio retórico. ¿Puede alguien que nunca ha experimentado algo saber qué se siente? Podemos estudiar una experiencia, analizarla, documentarla e incluso comprender buena parte de sus causas. Otra cosa es creernos autorizados a decidir qué significa para quien ha tenido que vivirla.
El problema aparece cuando el conocimiento teórico deja de ser una herramienta para comprender la realidad y se convierte en un mecanismo para negarla. Y aquí es prácticamente imposible separar a Orwell de la política. Él mismo escribió sobre la relación entre literatura, ideología y poder, y sostuvo que todo arte es propaganda. Podemos discutir el alcance de esa afirmación, pero me cuesta imaginar una conversación sobre Orwell que no termine hablando de política, incluso cuando el asunto parece no tener ninguna relación directa con ella. ¿De verdad existe una manera de hablar del mundo sin que nuestras ideas políticas, nuestros valores o nuestra posición dentro de la sociedad terminen apareciendo por alguna parte? Ahora bien, una cosa es tener una interpretación política de los acontecimientos y otra muy distinta es pretender que esa interpretación tiene más autoridad que la experiencia de quienes han padecido sus consecuencias. Pensemos en alguien que ha vivido bajo un régimen autoritario o totalitario, que ha visto cómo sus libertades desaparecen, cómo sus familiares son perseguidos o cómo el Estado termina interviniendo en aspectos de su vida que antes daba por sentados. Esa persona puede encontrarse, años después, con un académico, un filósofo o un militante político que le explique que su experiencia no demuestra lo que cree demostrar, porque existe una teoría que ofrece una interpretación diferente. ¿Y entonces? ¿Qué hacemos con la experiencia de quien estuvo allí? ¿La descartamos porque alguien ha leído más libros, tiene más títulos o maneja un vocabulario más sofisticado? No me parece que el problema sea estudiar el autoritarismo desde una universidad ni analizar el comunismo, el nacionalsocialismo o cualquier otra forma de totalitarismo sin haber vivido bajo esos sistemas. Evidentemente, podemos hacerlo. El problema empieza cuando alguien confunde la capacidad de formular una explicación con el derecho a invalidar aquello que otros han vivido. Hay una arrogancia intelectual bastante particular en esa pretensión, porque convierte a las personas en simples piezas de una teoría y considera que su testimonio solo tiene valor cuando coincide con las conclusiones de quien la defiende.
A mí me resulta imposible pensar en esto sin recordar a las víctimas de Hiroshima y Nagasaki. Imaginemos que viajo a Japón y me encuentro con alguien que sobrevivió a los bombardeos atómicos. Después de escucharlo, decido explicarle que las consecuencias no fueron tan terribles como él cree, que Estados Unidos tenía razones estratégicas para tomar aquella decisión o que, desde determinada perspectiva histórica, el bombardeo puede justificarse. ¿Podemos estudiar las razones por las que Estados Unidos utilizó armas nucleares? Por supuesto. ¿Podemos discutir si aquello contribuyó a terminar la guerra, qué alternativas existían o cuáles eran las consecuencias previsibles de las decisiones militares? También. Pero ninguna de esas discusiones me concede autoridad para decirle a un superviviente que las consecuencias que sufrió fueron menos graves de lo que recuerda. No necesitaba haber trabajado en el Proyecto Manhattan, en Nuevo México, para estudiar la bomba atómica. Tampoco necesito haber sobrevivido a Hiroshima para investigar su historia. Sin embargo, hay una diferencia entre conocer los hechos, comprender sus causas y arrogarse el derecho de corregir la experiencia de quien los padeció. Y esa diferencia importa. No porque el sufrimiento convierta a alguien en dueño absoluto de la verdad, sino porque ninguna teoría puede sustituir por completo la experiencia humana que intenta explicar. El testimonio de una víctima también puede contener errores, contradicciones o interpretaciones discutibles. Nadie queda exento de la crítica por haber sufrido. Pero tampoco podemos utilizar esa posibilidad para fingir que el conocimiento académico está automáticamente por encima de la experiencia. En las ciencias políticas, y también en la filosofía, hay una tendencia a construir argumentos moralmente impecables que, cuando se enfrentan con la realidad, empiezan a mostrar sus costuras. La teoría puede ser coherente consigo misma y, aun así, fracasar estrepitosamente cuando las personas tienen que vivir bajo sus consecuencias. Lo curioso es que quienes defienden esas teorías desde la distancia no siempre están dispuestos a reconocer esa diferencia. A veces resulta más importante salvar la idea que escuchar a quienes han terminado pagando por ella.
Por eso me interesa tanto la trayectoria de Orwell. Su relación con la izquierda no fue la de alguien que se limitó a leer sobre revoluciones y a construir una opinión desde la distancia. Orwell estuvo en España durante la Guerra Civil, combatió junto a las fuerzas republicanas y conoció las fracturas internas de un movimiento que, mientras luchaba contra el fascismo, también perseguía a personas que pertenecían a su propio campo político. Su experiencia con la represión estalinista y la persecución de militantes del POUM le permitió observar algo que resultaba profundamente incómodo para quienes preferían conservar una imagen idealizada de la Unión Soviética: una causa política podía hablar de emancipación y, al mismo tiempo, justificar prácticas autoritarias en nombre de esa misma emancipación. Después regresó a una Inglaterra en la que sus posiciones y su crítica al estalinismo podían convertirlo en sospechoso ante sectores de la izquierda. Y aquí es donde encuentro la contradicción que me interesa. Orwell no necesitó convertirse en un defensor del capitalismo para reconocer los problemas del comunismo soviético, ni abandonar toda preocupación por la justicia social para denunciar la represión cometida en nombre de una revolución. Podía mantener determinadas convicciones y, al mismo tiempo, cuestionar a quienes pretendían hablar en nombre de ellas. Eso exige algo que no abunda precisamente en la política: aceptar que nuestras ideas pueden estar equivocadas en aspectos fundamentales sin que tengamos que fingir que nunca creímos en ellas. No sé hasta qué punto sus experiencias modificaron cada una de sus convicciones, ni me interesa convertir su biografía en una explicación definitiva de su obra. Lo que sí me parece evidente es que su paso por España y su enfrentamiento con el estalinismo hicieron imposible que la política siguiera siendo para él una cuestión puramente teórica. Una cosa era el ideal al que había decidido adherirse y otra el comportamiento de quienes aseguraban estar construyéndolo. Cuando ambas cosas entraron en conflicto, Orwell tuvo que mirar de frente esa distancia. Y sospecho que buena parte de la importancia de su obra está precisamente ahí: en su disposición a señalar las contradicciones de un mundo político al que él mismo había pertenecido.
Al final, no creo que la respuesta a la pregunta del título sea tan sencilla como afirmar que solo quien ha vivido algo puede comprenderlo. Si lleváramos esa idea hasta sus últimas consecuencias, tendríamos que renunciar a buena parte del conocimiento que hemos construido sobre experiencias ajenas. No podríamos estudiar seriamente una guerra sin haber combatido en ella, hablar de una dictadura sin haber sido perseguidos o investigar una sociedad distinta de la nuestra sin haber nacido en ella. Eso sería absurdo. Pero también lo es creer que leer sobre una experiencia equivale a haberla vivido, o que una formación intelectual permite comprender todas sus consecuencias desde una posición de superioridad. Hay cosas que podemos conocer sin experimentar y hay aspectos de la experiencia que difícilmente llegaremos a comprender por completo desde fuera. Reconocerlo no nos obliga a callarnos, sino a ser más cuidadosos con aquello que afirmamos y con la autoridad que nos atribuimos. Quizá por eso me parece tan importante la contradicción en Orwell: porque obliga a preguntarnos qué hacemos cuando la realidad desmiente una parte de nuestras convicciones. ¿Las revisamos o buscamos argumentos para protegerlas? ¿Escuchamos a quienes nos muestran sus consecuencias o les explicamos por qué están equivocados? No hace falta haber vivido bajo un régimen totalitario para condenarlo, del mismo modo que no hace falta haber sufrido una guerra para reconocer su brutalidad. Lo que hace falta es entender que nuestras explicaciones no agotan la experiencia de los demás. Siempre habrá una distancia entre el lugar desde el que observamos y el lugar desde el que otros viven. Podemos cruzar esa distancia mediante el estudio, la escucha y la reflexión, pero no podemos fingir que ha desaparecido. Quien habla desde fuera siempre corre el riesgo de convertirse en un turista de una realidad ajena. Y el problema no es ser turista. El problema es regresar a casa convencido de que, después de una visita, ya sabes más sobre ese lugar que quienes llevan toda la vida intentando sobrevivir en él.
Comments · 2
Excelente texto. Me gusta mucho tu escritura, siempre tan bien elaborada y tan aguda. Saludos. PD: Disculpa la pregunta. ¿Vives en Venezuela? Supongo que tienes muy buena formación intelectual.
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