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Un manifiesto de ideas nunca admitidas: Si llegaras a tener poder y riqueza, probablemente serías infeliz [ESP]

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Me cuesta tomarme en serio a la gente que cree saber qué necesita para ser feliz, especialmente cuando esa felicidad depende de cosas que todavía no tiene. Lo digo porque yo también he pasado demasiado tiempo imaginando versiones de mí misma que probablemente nunca llegarán a existir. Una casa mejor, más dinero, más libertad, más experiencias, más tiempo. Siempre hay algo que parece estar faltando, una pieza que, de conseguirla, supuestamente terminaría de acomodar el rompecabezas. El problema es que nunca he conocido a nadie que consiga todas las piezas y deje de buscar. Ni siquiera estoy segura de que yo lo haría. Hemos aprendido a imaginar nuestra satisfacción como una especie de recompensa aplazada, algo que llegará cuando la vida se parezca lo suficiente a esa representación que nos hemos hecho de ella. Vivimos esperando convertirnos en alguien que, por alguna razón, todavía no somos.

Desde pequeños nos venden una idea bastante específica de lo que significa vivir bien. No hace falta que alguien nos la explique directamente. Está en las películas, en las conversaciones familiares, en las aspiraciones de nuestros padres, en las fotografías de las vacaciones y en esa manera tan particular de hablar del éxito como si fuera una propiedad que pudiera adquirirse. El dinero tiene que alcanzar cierta cantidad, la casa debe tener determinadas características, el trabajo debe producir admiración y la vida social tiene que proporcionar suficientes anécdotas para demostrar que estamos aprovechando nuestra existencia. Internet y las redes sociales no inventaron esta estupidez, aunque consiguieron convertirla en una competencia permanente. Ahora podemos medir nuestras vidas contra las de miles de desconocidos antes de terminar el desayuno. Lo verdaderamente inquietante es que aceptamos las reglas sin preguntarnos quién decidió que esas eran las reglas. Aprendemos a desear antes de aprender a distinguir nuestros deseos de las expectativas ajenas.

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Me parece que buena parte del resentimiento social nace de esa diferencia entre la vida que alguien tiene y la vida que considera que merece tener. No estoy hablando de personas que pasan hambre, que viven sometidas a la violencia o que carecen de oportunidades básicas. La pobreza material existe, sus consecuencias son reales y no desaparecen con una reflexión ingeniosa sobre la felicidad. Hablo de otra cosa: de la insatisfacción que aparece cuando convertimos nuestras aspiraciones en una medida de nuestro valor personal. Hay quien consigue dinero y empieza a despreciar a quienes tienen menos; hay quien no consigue dinero y termina odiando a quienes sí lo tienen. Entre ambos puede existir una cantidad considerable de frustración, envidia y desprecio, aunque cada uno encuentre una justificación moral para sus sentimientos. A veces llamamos justicia a nuestro deseo de tener lo que tiene el vecino. Otras veces llamamos éxito a nuestra necesidad de demostrarle que somos mejores. La ideología puede ofrecer explicaciones para todo esto, pero no siempre consigue librarnos de aquello que la originó.

Siempre me ha parecido sospechosa esa obsesión por ser excepcionales. Entiendo el deseo de hacer algo importante, de dejar una obra, de conseguir cierta independencia o de demostrar que los años no se nos fueron de las manos. Yo también quiero cosas. Sería absurdo fingir que el dinero no importa o que las comodidades son una frivolidad. El dinero compra tiempo, tranquilidad, atención médica, oportunidades y la posibilidad de abandonar situaciones que nos hacen miserables. Tener poder también puede significar no depender de personas capaces de arruinarnos la vida. Nada de eso es despreciable. Lo que me resulta extraño es la idea de que todas esas cosas deban culminar en una existencia extraordinaria, como si vivir una vida corriente constituyera una derrota personal. La mayoría de nosotros no será recordada dentro de cien años. Nuestros nombres desaparecerán de las conversaciones, nuestras fotografías acabarán en alguna carpeta olvidada y las cosas que hoy nos parecen urgentes perderán toda importancia para alguien que todavía ni siquiera ha nacido. No encuentro nada particularmente trágico en eso. Lo trágico sería desperdiciar la vida intentando demostrar que merecía ser recordada.

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Me pregunto cuánta gente podría dormir mejor si dejara de evaluar su existencia como una empresa que necesita crecer cada trimestre. Cuántas personas disfrutarían más de sus hijos si no estuvieran pensando en todo lo que todavía deben conseguir para ofrecerles una vida supuestamente perfecta. Cuánto resentimiento desaparecería si pudiéramos admitir que hay personas que tienen más dinero, más talento, más suerte o más oportunidades sin convertir esa diferencia en una humillación personal. A veces la felicidad consiste en cosas tan poco impresionantes que casi nos avergüenza reconocerlas: dormir ocho horas, comer una buena pizza, escuchar a un cachorro ladrar por alguna tontería, disfrutar una conversación sin mirar el teléfono o pasar una noche agradable con alguien que nos atrae. También consiste en poder pagar las cuentas, no vivir con miedo y tener la libertad de decidir qué hacer con nuestro tiempo. No hay contradicción entre ambas cosas. El problema comienza cuando las primeras nos parecen insuficientes porque no se parecen a las segundas que nos prometieron.

No tengo una moraleja para cerrar esto. Tampoco quiero convencer a nadie de que renuncie a sus ambiciones, regale sus propiedades o encuentre una revelación espiritual en una porción de pastel. Me interesa más una pregunta bastante menos heroica: ¿qué pasaría si consiguiéramos aquello que llevamos años persiguiendo y descubriéramos que seguimos siendo nosotros mismos? Con nuestros defectos, nuestros aburrimientos, nuestras inseguridades y esa capacidad casi prodigiosa para encontrar algo que nos falta incluso cuando las cosas marchan bien. Quizá tener poder y riqueza nos haría la vida más cómoda, y quizá también nos permitiría resolver problemas que hoy parecen insuperables. No hay razón para negar esa posibilidad. Lo que no termino de creer es que puedan resolver nuestra necesidad de compararnos, de sobresalir o de encontrar una explicación definitiva para nuestra existencia. Tal vez el verdadero lujo consista en llegar a un punto en el que ya no necesitemos convertir cada cosa que tenemos en una prueba de que nuestra vida ha valido la pena. No sé si eso es felicidad. Me basta con sospechar que una persona capaz de disfrutar de lo que tiene, sin necesitar que el mundo entero lo certifique, probablemente duerme un poco mejor que aquella que todavía está esperando convertirse en alguien digno de hacerlo.

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Comments · 1

  • @la-colmena(66)· 4d

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