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​¿Y si el amor y lo que somos tampoco se desvanecen?: Una mirada a la conciencia según Roger Penrose

​ ​Hay días en los que una se detiene a mirar el cielo o piensa en las personas que ya no están físicamente, y le asalta esa pregunta inevitable: ¿A dónde va todo lo que éramos? ​Nos han enseñado a ver la vida y la muerte como un interruptor. Un día se enciende la bombilla, la habitamos a nuestra manera —con prisas, risas, miedos, proyectos y batallas diarias—, y de repente, zas, se apaga y ya no queda nada. Se supone que el cuerpo se detiene, el cerebro deja de latir, y adiós. Fin de la historia. ​Pero a veces la intuición nos dice otra cosa. Esa sensación extraña de que, cuando perdemos a alguien que amamos de verdad, no se esfuma por completo. Y no hablo solo de nostalgia o de recuerdos bonitos que se quedan grabados en la memoria, sino de una presencia sutil, de la certeza íntima de que lo que esa persona fue sigue habitando en alguna parte del universo. ​Lo loco —y al mismo tiempo fascinante— es que esta corazonada tan nuestra, tan de andar por casa, no viene solo de la poesía o de la fe. ¡Viene de la física pura! Y lo defiende nada más y nada menos que un premio Nobel. ​La física cuántica y los microtúbulos: cuando la ciencia se parece al misterio ​Hablo de Roger Penrose, un físico brillante que se ganó el Nobel en 2020 y que pasó años trabajando codo a codo con Stephen Hawking. A él nadie lo puede tildar de iluso o de hablar por hablar; estamos hablando de matemáticas pesadas, de agujeros negros y de las leyes que rigen el cosmos. ​Junto a un anestesiólogo llamado Stuart Hameroff, Penrose lleva años desarrollando una teoría que a mí me vuela la cabeza: la conciencia no se fabrica únicamente a base de conexiones eléctricas entre las neuronas de nuestro cerebro. Para ellos, el misterio es todavía más pequeño, más profundo. Se esconde dentro de unas estructuras diminutas llamadas microtúbulos, ubicadas en las células, donde las leyes de la física cuántica —el mundo de lo invisible y lo impredecible— entran en juego. ​¿Y qué pasa según esta teoría? Que esa información que compone nuestra conciencia no puede destruirse. ​Si te pones a pensarlo, esto encaja perfectamente con una de las leyes más sólidas que la ciencia lleva comprobando más de un siglo: la energía y la información no desaparecen, solo se transforman. Un átomo no se convierte en nada. Ninguna partícula del universo se esfuma mágicamente porque sí. Todo se recicla, todo cambia de forma. ​Entonces, ¿por qué nos cuesta tanto creer que pasa lo mismo con nuestra mente, con lo que pensamos, sentimos y amamos? Penrose simplemente tiene el valor de llevar ese principio físico hasta sus últimas consecuencias: hasta nosotros. Si la materia no se pierde, cuesta muchísimo sostener la idea de que una vida entera, con todo su peso emocional, con sus sueños y sus cicatrices, se borre de golpe como si nunca hubiera existido. ​Más allá de la biología: lo que intuimos sin saber de ecuaciones ​A veces me pongo a reflexionar sobre cuántas cosas sabemos antes de que nos las expliquen con fórmulas. Nadie necesita estudiar relatividad general ni física cuántica para sentir mariposas en el estómago, para conectar profundamente con alguien con solo una mirada, o para percibir que una pérdida duele tanto porque lo que se fue era real y pesado en el universo. ​La gente de nuestra edad suele vivir a mil por hora. Entre el trabajo, las carreras, la familia, las cuentas y las mil preocupaciones del día a día, casi no nos queda tiempo para contemplar estas cosas. Vivimos en automático. Pero de vez en cuando, el silencio de la noche o un recuerdo repentino nos sacuden y nos obligan a mirar más allá de lo cotidiano. ​Pensar en esto no me da miedo; al contrario, me da una paz gigante. Saber que la existencia no es solo un parpadeo fugaz en la oscuridad, sino que de alguna manera formamos parte de un tejido cósmico infinito donde nada se desperdicia. Lo que amamos, lo que pensamos y lo que construimos por dentro deja una huella imborrable. ​Quizás la muerte solo sea el momento en el que dejamos de sostener el timón del cuerpo, pero la esencia —esa chispa que nos hace únicos y conscientes— se libera y se integra en el gran misterio del universo. ​A lo mejor, los científicos y los poetas no están tan lejos el uno del otro. Unos usan ecuaciones en una pizarra y los otros metáforas en un papel, pero al final, ambos están intentando explicar lo mismo: que somos parte de algo tan inmenso que es imposible que se apague del todo.

Comments · 4

  • @fj9410(48)· 21h

    What you're proposing touches a very sensitive nerve: the suspicion that death is not a switch, but a transformation. And I find it brave that you don't reduce it to poetic consolation, but rather anchor it in the physics of Penrose and Hameroff and in the principle of conservation of energy and information. That idea that nothing is lost entirely, that what we love leaves a mark on the fabric of the universe, doesn't eliminate the pain of absence, but it gives it a different meaning: loss stops being an erasure and becomes a reconfiguration. And therein lies a peace that doesn't depend on blind faith, but on an intuition that science, at its most speculative edges, dares to brush against.

    The most moving thing about your text is that it doesn't promise closed answers, but rather opens a luminous question: what if the essence of what we are doesn't go out, but instead integrates into the great mystery? That image of the helm being released while the spark is set free is profoundly human, because it acknowledges the pain of letting go of the body without denying the continuity of what we were. In the end, scientists and poets arrive at the same place: both try to explain why what we love cannot disappear without leaving a trace. And your text achieves that: it comforts without lying, and it leaves the reader with a sense of belonging to something immense that doesn't go out completely.

  • @bradleyarrow(77)· 1d

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  • @indiaunited(71)· 1d

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  • @ladiesofhive(72)· 1d

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