Esta canción suena en todos los gimnasios y competencias deportivas del mundo como un himno de quienes no se rinden, un recordatorio de que hay una fuerza interior que podemos despertar si luchamos por nosotros. Esa guitarra estridente se te mete en el coco para despertarte del letargo; ese ritmo de batería es un pulso avasallante que te acelera con adrenalina pura. Perdí (Y aún pierdo) la cuenta de las veces que reproduzco este tema y, si hago alguna actividad física, cuento con mi refugio musical hasta que sangren los oídos y recordarme un millón de veces que podemos triunfar.
Una pieza tan única y ejemplar es de esas obras que son un destello musical; brillan con fuerza y quien las interpreta solo se reconoce en el olimpo de la superación. Dura casi cinco minutos, pero en realidad dura toda una vida para cantarla una y otra vez. No se trata solo de vencer, acá hablamos de tener la voluntad de levantarnos, aunque el mundo se equivoque.
Todos anhelamos nuestra obra maestra, pero pocos la forjamos desde lo visceral, desde lo oscuro, desde las cenizas… En este sentido, la canción es una catarsis emocional que sacude y nos da el impulso para salir de nuestra zona de confort, ese lugar donde las palabras hablan solas y a veces se sienten cortas en el camino hacia el triunfo.
La ayuda más grande que nos brinda esta melodía es la autoayuda: Salir de nuestras propias inseguridades. Y aunque cometa errores ortográficos y no hable inglés, de eso se trata: La música dándonos una razón para continuar en nuestro camino y un motivo sublime para apreciarla de forma continua. Estar en batalla es una forma de vivir y vivir para no dejarnos vencer toma vigencia con espíritu de combate. Hasta la próxima. Dios te bendiga, tigre.

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