
Vuela mi canto propio hasta el nido cerquita de tus oídos; me gustaría que escucharas para dejar de ser ese fantasma que te persigue entre la oscuridad y los aceites de coco. Te he mantenido en mí a fuerza de hallarte en tantos intentos, que al final se resumen en tu tierno e inmenso amor.
No hay otro mejor concierto que el de tus cantos y arrullos para escuchar nuevamente la esperanza del amanecer. No quiero que pases por todo lo que yo pasé, ni que sufras el andar maltrecho que me trajo hasta ti. Ojalá seas más normal que yo, aunque en imagen y semejanza seas igual a mamá…

Había sentido bastantes quereres, pero en esta primera vez que nos vemos, siento algo que es mayor, sincero y propio del bien llamado “amor”. No entiendo cómo siendo una criaturita, me abrazas de forma gigante, con brazos pequeños y una sonrisa inmensa balbuceando alegrías… Pensé que esto iba a ser un cliché, como he visto en terceros; pero viviéndolo en primer plano, no puedo evitar consentirte a la primera.
Quiero estar para ver tus primeros pasos, escuchar tus primeras palabras y pedirle a Dios mucha vida para verte crecer hasta mi ocaso, es lo justo, luego de esta larga espera.

Eres más allá del deseo y de lo planificado; realmente eres el milagro. No como aquel accidente por el cual estoy aquí hoy (y que ya perdoné de mis padres) porque contigo todo fue preciso. Tras varios intentos, tintos, camas blancas y fuerzas reproductivas, llegaste cuando menos te esperábamos.
Gracias por el don y por enseñarme a ser mejor para romper esa cadena y dejar mejores sendas familiares. Ahora podemos volar con las alas del corazón y lograr lo que la vida y el Creador nos deparen en este hogar llamado: "mundo"…

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