
Recurso Odreo, con su espíritu elevado flotaba sobre las elevadas cumbres de la dicha, al saborear el néctar del amor de Philipe, e imploraba al Olimpo una dicha eterna. Cual bendición divina, después de doce primaveras, llegó el pequeño Telemis. La familia se vistió de gloria, cada poro de sus cuerpos delataba su inefable felicidad.
Pero en vano el padre quiso anclar su nave en puerto seguro, la nube negra de un antiguo pacto empleó la clave, de emprender la más insurrecta aventura. Urgó Odrileo en su fuente de ardides, y a la llegada del férreo contingente, araba la tierra y sembraba fideos. Incrédulos, los contendientes, a Telemis envuelto en pañales, pusieron ante los bueyes, y el buen padre delató su cordura.
Besaba Odreo las aljofaradas mejillas de su esposa, que destrozada por la evidente ausencia, reclamaba su retorno, asegurando fidelidad eterna en su espera. Emprendieron el viaje en la agonía, de una rústica balsa improvisada, y entre la furia desenfrenada de las olas, la brutal tormenta cobraba vidas. Elevaba Odreo sus súplicas al cielo, cuando en un destello de ferviente realeza, pudo ver la Vigen patrona de Cuba, ofreciendo ayuda, calma y fortaleza.
Cuando la furia de Apolo caía perpendicular sobre su cuerpo casi inerte, por la extensa ausencia de agua y alimentos, se sintió en los brazos dulces del rescate. Al llegar al Norte y recobrar sus fuerzas, con el alma hecha añicos, por la vil ausencia de su hijo y su esposa; abismado ante las inmensas venas miamenses, preñadas de un intenso transitar incesante, y elevadas montañas de hermosos rascacielos, solo pensaba en su regreso.
Philipe, envuelta en un sufrimiento sin consuelo, a muchos pretendientes mantenía a raya, al destejer en la noche el paño tejido en el día. Su certera corazonada del retorno de Odreo, estaba cifrada en el bronce de sus esperanzas. En tanto el fiel Odreo, en el entorno de una lengua desconocida, sentía su extrañeza pulular por doquier, vivía cual mudo que a decir nunca alcanza. Era nota extraña en linda sinfonía, y su mente volaba hacia la distante fortuna de su familia.
Un día, recinadoen su monte de sueños, pudo sacar la cuenta de su ralo caudal, y al encontrar la cifra del posible regreso, saltó cual un tigre para atrapar su presa. Al fin, en un océano de esperanza y espera, se produjo el encuentro desesperado y loco, como el Sol cuando borra el manto de la noche.





