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Entrada al Concurso de Literatos | Solo el Café lo Supo [ESP/ENG]

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(Portada diseñada por mi en el editor de Canva)

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Soy Minerva Castañeda, hija de Don Manuel Castañeda y Doña Cristina Peralta Dominguez de Castañeda, nací en cuna de oro, siempre tuve lo que quise, no puedo quejarme, y tampoco puedo culpar a mis padres por haber satisfecho todos mis caprichos ya que después de todo mi mera existencia es en sí un hecho extraordinario. Mi madre casi me pierde cuando yo estaba en gestación, pues fue embestida por un caballo que escapó de nuestro establo, debido a eso ella tuve que permanecer en cama buena parte de su embarazo, pero según mis padres y todos los que me conocen, yo era una criatura enfermiza, para colmo después llegó la escarlatina, una infección bacteriana muy fuerte que me mantuvo en un estado febril casi mortal, pero de nuevo, contra todo pronóstico me recuperé.

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(Foto propia alterada con IA de Gemini)

Mis padres siempre han temido perderme y por esa razón siempre obtuve lo que quise de ellos, pero… yo no podía imaginar que llegaría a conocer la frustración, la ira y el dolor.

Nuestra casa comenzó a ser frecuentada por los Alcantara, Don Luciano Alcantara, quién era socio de mi padre en varios de sus negocios, y su hijo Emiliano, el joven más apuesto que concí en mi vida: su tez era clara, su cabello castaño y de apariencia suave, sus ojos cafés claro, yo diría que de color miel, transmitían bodad, sus manos siempre en los bolsillos de su saco, aunque a veces las entrelazaba detrás de la espalda en un gesto que le brindaba solemnidad.

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¿Para que negarlo? Me anamoré de él, desde el mismo instante en que lo ví lo anhelé, lo quise para mi y juro por Dios que pensé que lo tendría. Hablé con mi padre y él sonrió, contento con la idea de establecer una unión con los Alcantara, más allá de los negocios.

Sin embargo, cuando mi padre habló con Emiliano para hacer la propuesta, este simplemente se atrevió a decir, muy amablemente según palabras de mi padre, que él estaba interesado en otra persona, mi prima Gabriela, hija de la hermana de mi madre.

Aquello me llenó de un sentimiento que yo desconocía hasta ese momento, no sé precisar qué era pero me quemaba por dentro, creo que comencé a odiarlo con la misma intensidad con la que creí amarlo… ¿No podía ser mío?... ¿No podía tenerlo?... ¿Por qué?

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Para colmo Emiliano y Gabriela se casarían, pero para desgracia de la novia, Emiliano jamás llegó a la iglesia… Lo que voy a decirles a continuación debe quedar solo entre ustedes y yo porque, nadie lo entendería.

Aquella tarde, víspera de la boda, yo quise encontrarme con Emiliano aprovechando que mis padres no estaban en casa, me cuidé bien de que nadie lo notara entrar para no despertar habladurías de la gente. Él se sorprendió cuando supo que no había nadie más que yo en casa, e incluso quiso irse (era todo un caballero) pero lo convencí de quedarse alegando que tenía algo importante que decir, así que él se quedó a degustar el café que preparé especialmente para él, un café que hizo que poco a poco se quedara dormido en mis brazos… para siempre.

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Posteriormente, entre lágrimas lo despedí arrastrándolo por los pies hacia el muelle que estaba sobre el lago que tenemos detrás de la casa, y até a sus piernas una piedra de tamaño considerable. Ninguno de los sirvientes vio nada porque no lo permití, a todos les pedí salir de la casa antes de encontrarme con Emiliano. Entonces me quedé allí, viendo como se hundía mientras le decía adiós con la mano.

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I am Minerva Castañeda, daughter of Don Manuel Castañeda and Doña Cristina Peralta Domínguez de Castañeda. I was born into a life of privilege and always had whatever I wanted; I have no cause for complaint, nor can I blame my parents for indulging my every whim, since, after all, my very existence is an extraordinary fact. My mother nearly lost me while she was carrying me, having been struck by a horse that had escaped from our stable; consequently, she was forced to remain on bed rest for much of her pregnancy. Yet, according to my parents and everyone who knows me, I was a sickly child. To make matters worse, I then contracted scarlet fever—a severe bacterial infection that left me in a near-fatal, feverish state—but once again, against all odds, I recovered.

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(Personal photo altered with Gemini AI)

My parents have always feared losing me, and for that reason, I always got what I wanted from them—but I could never have imagined that I would come to know frustration, anger, and pain.

The Alcántaras began to frequent our home—Don Luciano Alcántara, my father’s partner in several business ventures, and his son Emiliano, the most handsome young man I had ever known. He had a fair complexion, soft-looking brown hair, and light brown eyes—honey-colored, I would say—that radiated kindness; his hands were always in his jacket pockets, though at times he would clasp them behind his back in a gesture that lent him an air of solemnity.

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Why deny it? I fell in love with him; from the very moment I saw him, I yearned for him—I wanted him for myself—and I swear to God, I thought I would have him. I spoke to my father, and he smiled, pleased with the idea of ​​forging a union with the Alcántaras that went beyond business.

However, when my father spoke to Emiliano to make the proposal, the latter simply ventured to say—very politely, according to my father—that he was interested in someone else: my cousin Gabriela, the daughter of my mother's sister.

That filled me with a feeling I hadn't known until then; I can't quite put my finger on what it was, but it burned inside me. I think I began to hate him with the same intensity with which I thought I loved him... Couldn't he be mine?... Couldn't I have him?... Why?

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To top it all off, Emiliano and Gabriela were supposed to get married, but—to the bride's misfortune—Emiliano never made it to the church... What I am about to tell you must remain strictly between us, because no one else would understand.

That afternoon—the eve of the wedding—I wanted to meet with Emiliano while my parents were out; I made sure no one saw him arrive, so as not to spark any gossip. He was surprised to learn I was home alone and even wanted to leave—he was a true gentleman—but I convinced him to stay by saying I had something important to tell him. So, he stayed to enjoy the coffee I had prepared especially for him—a coffee that caused him to drift slowly off to sleep in my arms... forever.

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Afterwards, in tears, I saw him off by dragging him by the feet toward the dock on the lake behind the house, and I tied a sizable stone to his legs. None of the servants saw a thing because I didn't allow it; I had asked them all to leave the house before meeting Emiliano. Then I stood there, watching him sink as I waved goodbye.

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(Image designed by me in canva editor)

Imagen diseñada por mi en el editor de Canva.

Comments · 1

  • @es-literatos(70)· 19m

    Muy interesante tu relato, y bien escrito. Pero, lamentablemente, no puede ser considerado en el concurso, pues este cerró el día 19 de septiembre a las 12 a.m., tal como se indicaba en las bases. Gracias por tu participación. Saludos, @mairene1.