
Saludos mis amores aca les comparto mi participación en este concurso maravilloso y para esta ocasión les traigo una historia inspirada en una de las canciones de mi canta autor favorito: Silvio Rodríguez, la cuál se titula "Y nada más" una obra de arte, por acá les dejo el link para que la escuchen y de igual manera les comparto mi historia.
Y NADA MÁS
El café se enfriaba sobre la mesa, formando una película amarga en la superficie, tal como la que se había instalado en el pecho de Julián desde hacía meses. En la radio vieja de la cocina, una voz rasposa cantaba sobre las cosas que uno deja atrás, sobre los vacíos que no se llenan con ruido, Julián dejó de escuchar la letra y se concentró en el silencio de la casa, un silencio pesado, que pesaba más que cualquier grito.
Ella se había ido un martes, casi sin hacer ruido, dejó las llaves sobre la cómoda de la entrada, junto a una nota que no explicaba nada, porque a veces, cuando el amor se agota, no hay explicaciones que alcancen. Se llevó sus libros, un par de suéteres y el aire que solía llenar los pulmones de la casa, desde entonces, Julián vivía en una especie de limbo, un territorio donde todo le recordaba que ella no estaba, pero que, de alguna forma, seguía siendo el centro de su gravedad.

Se levantó y caminó hasta la ventana, la calle estaba gris, envuelta en una llovizna fina que apenas lograba mojar el pavimento, allí recordó entonces el verso de aquella canción que tanto le gustaba a ella: "Y nada más".
Ese final rotundo, seco, que marcaba un límite infranqueable, durante mucho tiempo, él pensó que el amor era un acumulativo, una suma de momentos, de promesas y de planes a futuro, pero, al ver el espacio vacío en el armario, entendió que el amor también podía ser una resta, una sustracción dolorosa que te dejaba con lo puesto y la memoria a cuestas.

A veces, Julián intentaba escribirle, borradores que nunca enviaba, llenos de preguntas que ya no tenían respuesta y de reclamos que se diluían al releerlos. "¿Qué pasó con las tardes de lluvia?", "¿Acaso todo se volvió ceniza?", "¿En qué momento dejamos de ser un nosotros para convertirnos en dos desconocidos que se evitan en los recuerdos?". Pero al final, siempre terminaba borrando todo, porque escribirle era aceptar que ella seguía viva en su presente, cuando la realidad le gritaba que ella ya era pasado, y nada más.
La canción seguía sonando, ahora con una nostalgia que le calaba los huesos, se dio cuenta de que no la extrañaba a ella, a la mujer de carne y hueso con sus manías y sus silencios; extrañaba la versión de sí mismo que existía cuando ella estaba, extrañaba la seguridad de un abrazo, la complicidad de una mirada cómplice al otro lado de la mesa, la sensación de estar en casa sin necesidad de paredes.

Se sentó de nuevo, la ciudad afuera parecía un decorado de teatro al que se le había caído el telón, se sirvió un trago de vino barato, el mismo que bebían en sus mejores noches, pero el primer sorbo supo a derrota, había intentado llenar los huecos con el trabajo, con amigos, con noches de insomnio frente a pantallas, pero nada servía.
El desamor no es la falta de amor, pensó, es el exceso de él cuando ya no hay donde depositarlo, es un amor huérfano, que vaga por los pasillos de la casa buscando una puerta que ya fue cerrada con llave.
Se fijó en el reloj: eran las cinco de la tarde, la luz del día empezaba a declinar, tiñendo la estancia de sombras alargadas, se preguntó si ella estaría haciendo lo mismo, si en algún rincón de la ciudad sentiría el mismo vacío punzante, o si su olvido era, finalmente, la liberación que él no podía alcanzar.

Cerró los ojos y trató de invocar su rostro, pero la imagen se le escapaba, borrosa, como una acuarela bajo la lluvia, solo quedaba el eco de la canción, ese estribillo que se le había clavado en la memoria: "Y nada más". Aquella frase, que antes parecía una sentencia de paz, ahora sonaba como una condena, era el límite de todo, el final de la historia, el punto final puesto con una elegancia cruel.
Julián apagó la radio, el silencio volvió, pero esta vez lo aceptó, se dio cuenta de que, a veces, la única forma de sobrevivir a un naufragio es dejar que el mar se lleve lo que ya no puede flotar, se quedó ahí, inmóvil, mientras afuera la lluvia cesaba y el mundo seguía girando, ajeno a su naufragio particular, ya no había más que añadir, solo eso, y nada más.





