Saludos, mis estimados amigos de Literatos. Me complace estar de vuelta por la comunidad después de un tiempo en que, por razones de fuerza mayor, me fue imposible. Hoy estuve buscando entre mis apuntes y me encontré con algunas notas y reflexiones que hace algún tiempo escribí para un proyecto de ensayo que no he terminado, acerca del poema "Oración por Marilyn Monroe", del muy entrañable —para mí y creo que para casi todos— poeta nicaragüense Ernesto Cardenal.
Este texto lo escribió el poeta mientras se encontraba como seminarista en Colombia, tras conocer la triste noticia de que la icónica actriz estadounidense y universal había sido hallada muerta en su casa de Los Ángeles, con la mano sobre el teléfono, el 4 de agosto de 1962.
Cardenal escribió su trascendental poema, para mí uno de los grandes textos poéticos del siglo XX en Hispanoamérica, en el estilo del sacerdote poeta: narrativo y anécdotico, partiendo de elementos de la vida real, yendo de lo concreto a lo universal. Es una oración, pero no una oración típica: es la oración de una voz colectiva: los lectores nos sentimos de inmediato identificados, porque como toda gran obra literaria dialoga con nosotros, nos invita a pensar sobre cuestiones consustanciales a nuestro mundo contemporáneo: la cultura de masas, la culpa colectiva y la búsqueda de lo sagrado en un mundo que vivimos, que tiende a la deshumanización.
Sentimos que nuestra voz está allí, en la lírica de Cardenal, nuestra voz colectiva, y que a un mismo tiempo está la de Marilyn; y la voz de los medios. Voz que le habla a Dios; pero también nos hablamos a nosotros mismos, a nuestras conciencias frente a lo trascendente, y nos preguntamos hasta dónde hemos fallado. Este estilo poético donde en el cuerpo del poema aparece lo secular —díganse nombres de estudios cinematográficos, objetos, cifras, datos biográficos— en contraste con lo sagrado.
En esta oración no sólo se pide la absolución para Marilyn: también se nos muestra la responsabilidad colectiva en la que todos participamos, de una manera u otra. La sociedad creó y consumió a un símbolo, y soslayó el lado humano de ese símbolo. Leer el texto donde el poeta se vuelve testimonial al usar elementos biográficos de Marilyn —como que ese no era su verdadero nombre— me hace pensar en la cosificación y en el olvido de lo íntimo, de lo espiritual.
Inolvidable la referencia que aparece en un extenso e intenso poema que bien vale la pena que leamos, o al que volvamos, en caso de no haberlo leído o de haberlo hecho, respectivamente. La interpretación psicoanalítica de un sueño que la actriz había contado al Times, donde caminaba desnuda entre cabezas postradas, y que el psicoanálisis puede interpretar como un deseo de aceptación y seguridad maternal; y nuestro poeta lo lee para nosotros también con el matiz que tiene: el de la trascendencia y la comunión con lo sagrado.
Lo más sublime, lo más conmovedor del texto es la referencia que hace al momento de la muerte de Marilyn Monroe, de quien por cierto este año estamos recordando el centenario de su nacimiento: "la hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono", para hacer una llamada que nunca realizó, y que es simbólica y sintomática de su soledad absoluta más allá de la fama; y también síntoma de la incomunicación moderna.
Como un gran maestro de la intertextualidad, Ernesto Cardenal también nos incluye símbolos bíblicos como el de los mercaderes y el templo, en este caso objetivado en el cuerpo de Marilyn como un templo en el que el "Hijo del Hombre con un látigo en la mano" expulsa a los "mercaderes de la 20th Century-Fox" que hicieron de la casa de oración "una cueva de ladrones".
De esta misma forma el extraordinario poema expresa otros códigos, como el de la propia empresa cinematográfica —el "set y los reflectores" o el "Tecnicolor"—; o igualmente los códigos de la cultura de masas: agentes de prensa, fotógrafos, autógrafos, que son imágenes de la fama que despojan la intimidad. Ante Dios ella se presenta "sin ningún maquillaje", "sola como un astronauta frente a la noche espacial", y como se evidencia, el astronauta viene a ser una metáfora de la soledad y del conocimiento de lo desconocido, que es lo que somos al nacer y al ser educados en este mundo, y asumimos o no sus códigos, las normas establecidas a veces con mucha hipocresía o aceptadas acríticamente, sin usar nuestro pensamiento crítico... Tras el final de esta existencia quedaremos expuestos totalmente frente al cosmos, frente a Dios.
La referencia al psicoanálisis y a los tranquilizantes, en lo personal, como psiquiatra que soy, me interpela. El poema denuncia que solemos ofrecer tranquilizantes y psicoanálisis para carencias que no pueden ser superadas por ellos: tranquilizantes para su "hambre de amor" y "psicoanálisis para la tristeza de no ser santa", se le ofrecieron como sociedad —nos dice el poeta—. Son los paliativos que utilizamos, como sociedad que no ha aprendido, o que ha olvidado, cómo colmar el vacío espiritual.
Y viene el cierre del poema, mis estimados amigos, y les confieso que jamás he logrado leerlo o recordarlo sin que se me pongan los pelos de punta. Viene el final con la imagen que da testimonio de la incomunicación, la llamada final que sólo recibe como respuesta, del otro lado del auricular, el WRONG NUMBER (número equivocado). Es el fracaso de la comunicación en la actualidad, y el cierre es una súplica desesperada a Dios, a la Trascendencia: "Contesta Tú al teléfono"...
Con un abrazo muy cordial me despido, mis estimados amigos de la Comunidad Literatos, hasta la próxima publicación.



