Hoy no tengo nada que decir. Los pensamientos llegan sin orden, descoloridos, la cabeza pesa y me fastidia no encontrar las palabras. Llevo varios días intentando sentarme a escribir, pero la musa parece haber emigrado a un lugar con mejor clima, o tal vez simplemente se aburrió de mí. Así que vamos a empezar por lo obvio: por el principio de la nada.
Llevo esos mismos días con la nevera dañada. Literalmente muerta en vida. No congela, no enfría, y el diagnóstico del técnico se convritió en una adivinanza de nunca acabar: primero me djo que podía ser una pieza, luego que era otra, y al rato reculó con un “ah, no, es esto”. Y claro, cada cambio de opinión se tradujo en lo mismo de siempre: salir a buscar repuestos carísimos, sumar más gastos y ver cómo la mano de obra se incrementaba mientras la nevera seguía sin arrancar.
Todo esto, por supuesto, a raíz de uno de esos bajones de electricidad que son el pan nuestro de cada día en el país, un recordatorio constante de que aquí vivimos al borde del colapso técnico en todos los flancos posibles.
I don’t have anything to say today. My thoughts come in no particular order, faded; my head feels heavy, and it frustrates me that I can’t find the right words. I’ve been trying to sit down and write for a several days now, but my muse seems to have moved to a place with better weather or maybe she just got bored with me. So let’s start with the obvious: with the beginning of nothing.
My fridge has been broken the same days. It’s literally dead while still running. It doesn’t freeze, it doesn’t cool, and the technician’s diagnosis turned into a never-ending guessing game: first he told me it might be one part, then another, and a little while later he backtracked with an “oh, no, it’s this.” And of course, every change of mind meant the same old story: going out to find ridiculously expensive replacement parts, racking up more expenses, and watching the labor costs climb while the fridge still wouldn’t start.
All of this, of course, stemmed from one of those power outages that are a daily occurrence in this country a constant reminder that here we live on the brink of technical collapse on every possible front.
Y sí. Sí tengo protector de corriente. Todos los equipos eléctricos y electrónicos de mi casa tienen protector de corriente.
Trato de tomármelo con soda. De verdad que lo intento. Nunca me ha gustado vibrar bajito, con una energía oscura, porque eso trae más problemas; ni tampoco me gusta vivir desde la queja, porque las energías bajas no nos llevan a ningún lado: hay que sonreírle a la adversidad y buscarle el lado cómico a los dramas cotidianos. Durante el primer día hasta hice un par de chistes al respecto, tratando de restarle importancia. Pero seamos sinceros: ya se me están quitando las ganas de reír. Y lo que sale es una sonrisa forzada.
Hay momentos en los que el humor de resistencia se agota. Uno se cansa de ser resiliente a la fuerza, de tener que lidiar con la improvisación perpetua, de calcular cuánto va a durar la reparación esta vez, porque la había reparado en enero y de sumar a la lista de pendientes un problema económico que uno no provocó.
Cansa la incertidumbre del técnico que no daba pie con bola, y cansa tener que recordarme a mí misma que “esto también pasará”, cuando lo único que yo quiero es abrir la puerta de la cocina y encontrar las cosas funcionando en paz.
And yes. I do have a surge protector. All the electrical and electronic devices in my house have surge protectors.
I try to take it in stride. I really do try. I’ve never liked vibrating at a low frequency, with dark energy, because that just brings more problems; nor do I like living in a state of complaint, because low energies don’t get us anywhere: we have to smile in the face of adversity and find the humor in everyday dramas. On the first day, I even made a couple of jokes about it, trying to downplay the situation. But let’s be honest: I’m already losing the urge to laugh. And all that comes out is a forced smile.
There are moments when my sense of humor as a coping mechanism runs dry. I get tired of being forced to be resilient, of having to deal with constant improvisation, of calculating how long the repair will take this time (since I’d already had it fixed in Januar) and of adding a financial problem I didn’t cause to my to-do list.
It’s exhausting dealing with the uncertainty of a technician who can’t seem to get anything right, and it’s exhausting having to remind myself that “this, too, shall pass,” when all I want is to open the kitchen door and find everything working peacefully.
A veces pienso que la vida en este país es como vivir con una nevera vieja: nunca sabes cuándo va a dejar de funcionar, pero igual sigues metiendo cosas adentro, confiando en que algo, de alguna manera, se va a mantener fresco. Y cuando falla, te toca hacer malabares: redistribuir lo que aún sirve, botar lo que ya no tiene salvación y aprender a cocinar con lo que haya. Lo curioso es que, en medio de ese desorden, uno descubre que todavía puede reírse, aunque sea un poco, mientras prepara cualquier cosa que encuentre en la alacena.
En este caso, lo lógico fue lo que hice: apenas supe que la nevera no daba más, saqué todo lo que podía dañarse y lo pasé a una cava con hielo. Pero el calor está tan intenso que el hielo se derrite a una velocidad absurda. Ahora mi rutina incluía comprar dos bolsas de hielo diarias, calcular cuánto me iba a durar cada una y estar pendiente de que nada se quedase fuera demasiado tiempo.
Es como tener un trabajo extra no remunerado: vigilar el hielo, rotar los envases, medir la temperatura con la mano y rezar para que no haya otro bajón de luz otra vez mientras hago todo eso. Y sí, también está la cuenta mental de cuánto me está costando esto, suma que no estaba en el presupuesto del mes.
Sometimes I think life in this country is like living with an old refrigerator: you never know when it’s going to stop working, but you keep putting things inside anyway, trusting that somehow, something will stay fresh. And when it breaks down, you have to juggle things: redistribute what’s still good, throw away what’s beyond saving, and learn to cook with whatever you have on hand. The funny thing is that, in the midst of all that chaos, you discover you can still laugh—even if just a little—while whipping up whatever you find in the cupboard.
In this case, I did what made sense: as soon as I realized the fridge was on its last legs, I took out everything that could spoil and moved it to a cooler filled with ice. But the heat is so intense that the ice melts at an absurd rate. Now my routine included buying two bags of ice a day, figuring out how long each one would last, and making sure nothing sat out too long.
It’s like having an extra, unpaid job: keeping an eye on the ice, rotating the containers, checking the temperature with my hand, and praying there won’t be another power outage while I’m doing all that. And yes, there’s also the mental calculation of how much this is costing me—an expense that wasn’t in this month’s budget.
Dicen que la madurez es aceptar lo que no puedes cambiar. Pues bien, hoy acepto que estoy hastiada, que la nevera no sirve, que el bolsillo duele y que no tengo una gran reflexión filosófica que ofrecer para salvar el día. Solo tengo este cansancio acumulado, las manos quietas sobre el teclado y la certeza de que, aunque hoy no tenga ganas de sonreírle al mundo, al menos tengo este espacio para decirlo en voz alta sin temor a ser juzgada.
Hoy, a mediodía, finalmente la conectó el técnico. Pero ya son más de las seis de la tarde y aún no enfría 🙄. Según Google, es normal que tarde varias horas en volver a la normalidad. Y el técnico dice lo mismo.
Mañana será otro día. O tal vez mañana tampoco funcione la nevera, pero al menos hoy, estos pensamientos ya están fuera de la cabeza. Y eso, aunque parezca poco, ya es bastante ganancia para mí. Porque escribir, al final, también es una forma de arreglar las cosas: no la nevera, pero sí el desorden que deja adentro cuando se daña.
Dicen que la madurez es aceptar lo que no puedes cambiar. Pues bien, hoy acepto que estoy hastiada, que la nevera no sirve, que el bolsillo duele y que no tengo una gran reflexión filosófica que ofrecer para salvar el día. Solo tengo este cansancio acumulado, las manos quietas sobre el teclado y la certeza de que, aunque hoy no tenga ganas de sonreírle al mundo, al menos tengo este espacio para decirlo en voz alta sin temor a ser juzgada.
Hoy, a mediodía, finalmente la conectó el técnico. Pero ya son más de las seis de la tarde y aún no enfría 🙄. Según Google, es normal que tarde varias horas en volver a la normalidad. Y el técnico dice lo mismo.
Mañana será otro día. O tal vez mañana tampoco funcione la nevera, pero al menos hoy, estos pensamientos ya están fuera de la cabeza. Y eso, aunque parezca poco, ya es bastante ganancia para mí. Porque escribir, al final, también es una forma de arreglar las cosas: no la nevera, pero sí el desorden que deja adentro cuando se daña.

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