Una historia sobre liquidez, exceso de confianza y la falsa sensación de tenerlo todo controlado.

Hay pérdidas que uno recuerda perfectamente. El precio de entrada, el momento exacto en el que decidió vender, incluso dónde estaba sentado cuando se dio cuenta de que había metido la pata, pero esta no es una de ellas.
Han pasado unos dieciséis años y algunos detalles ya se han ido borrando. No recuerdo exactamente todas las condiciones del contrato, ni viene ahora al caso el nombre técnico de cada uno de los costes que terminé pagando y tampoco quiero reconstruir ahora una precisión que no tengo en la memoria. Lo que sí recuerdo es lo importante: llevaba algo más de dos años utilizando aquella estrategia y en unos quince días, prácticamente todo lo que había ganado con ella, desapareció.
No voy a contar cuánto dinero fue... a algunos esto que me ocurrió os lo he contado en persona, pero para que os hagáis una idea fueron varios miles y prefiero dejarlo ahí. La cifra, además, no es lo verdaderamente interesante. Lo que todavía me resulta incómodo cuando recuerdo aquello es cómo pude pasar más de dos años convencido de que tenía el riesgo razonablemente controlado hasta descubrir que una parte esencial de ese riesgo ni siquiera estaba donde yo estaba mirando.
La gallina de los huevos de oro
Por aquel entonces operaba futuros sobre materias primas, principalmente petróleo.
Hablar de futuros hoy no tiene demasiado misterio. Cualquiera puede abrir una cuenta, acceder a una plataforma y en unas horas estar viendo contratos, opciones y derivados que hace años estaban bastante más alejados del pequeño inversor. En aquel momento no era tan sencillo. Tener acceso a determinados mercados de futuros de materias primas requería una infraestructura y unas condiciones que no estaban precisamente al alcance de cualquiera y para mí poder operar allí tenía incluso cierto punto de privilegio. ¿Como lo conseguí? Esa parte me la dejo para otro artículo, por que es una de esas grandes casualidades que de vez en cuando se dan en mi vida.
Además, no estaba haciendo el típico trading con un producto sintético en el que un broker te ofrece directamente la contrapartida. Había compradores y vendedores reales en el mercado y, aunque durante mucho tiempo aquello me pareció poco más que un detalle de funcionamiento, años después entendería que ahí estaba escondida una parte bastante importante de la historia.
Había encontrado una operativa muy concreta vinculada a determinadas fechas de los contratos. Entraba bajo unas premisas bastante definidas, seguía una serie de reglas y la operación terminaba normalmente antes del vencimiento.
No era una estrategia para hacerse rico con tres operaciones. De hecho, probablemente esa fue una de las razones por las que terminó convenciéndome tanto. Los beneficios eran pequeños, razonables y te diría que casi constantes. Ejecutabas bien el mecanismo, cerrabas la posición y te llevabas tu beneficio. Después esperabas la siguiente oportunidad y repetías, repetías, repetías… Y lo mejor del todo, funcionaba.
No durante tres semanas especialmente buenas ni durante un par de meses en los que el mercado se hubiese puesto de mi lado. Estuve haciendo aquello durante algo más de dos años.
Con el tiempo empiezas a normalizar cosas que al principio te parecían extraordinarias. Las primeras veces revisas cada detalle, dudas, compruebas las condiciones dos veces y eres muy consciente de que algo puede salir mal. Después de decenas de operaciones, la cautela sigue ahí, pero ya no pesa igual. Y cuando una mecánica lleva dos años respondiendo prácticamente siempre como esperas, ocurre algo muy humano: aquello que inicialmente considerabas probable empieza a parecerte inevitable.
No recuerdo haber pensado literalmente que había encontrado la gallina de los huevos de oro, pero la sensación debía de ser bastante parecida. Lo que recuerdo perfectamente que pensé es algo de ¿como no hace todo el mundo esto? o incluso hablar de ello como de una estrategia “demasiado fácil”.
La estrategia tenía, además, un inconveniente importante que yo conocía perfectamente. Para que la operativa tuviera sentido necesitaba utilizar un lotaje muy alto en relación con el dinero que destinaba a ella. En algunas operaciones estaba comprometiendo prácticamente toda esa liquidez.
No era algo que ignorase. Sabía que el tamaño era agresivo, había hecho mis números y asumía que una operación adversa podía provocarme una pérdida considerable. Pero después de dos años ejecutando el mismo mecanismo había terminado asociando el riesgo casi exclusivamente a eso: al precio, al tamaño de la posición y a la posibilidad de que aquella vez el petróleo se moviese en mi contra.
El problema es que aquel no era todo el riesgo.
Mayo de 2010
Hay detalles que se han borrado, pero otros los tengo muy marcados. Estábamos en mayo de 2010 y cuando fui capaz de hacer un “postmorten” de la operación y como ahora mirando el mercado de aquellos días, entiendo bastante mejor el tamaño de la tormenta en la que me había metido.
El petróleo venía cotizando por encima de los 85 dólares y a comienzos de mayo el WTI estaba todavía alrededor de 86 dólares. En apenas unas semanas se desplomó hasta la zona de 68. El contrato de junio llegó al día de su vencimiento, el 20 de mayo, después de tocar durante aquella misma sesión los 64,24 dólares antes de cerrar en 68,01. A esas alturas, además, buena parte de la negociación profesional ya se había desplazado al contrato de julio.
Para terminar de adornar el escenario, Cushing (el punto de entrega del WTI) tenía cerca de 38 millones de barriles almacenados, cifras excepcionalmente altas para aquel momento. Había mucho petróleo, mucha tensión alrededor de los vencimientos y cada vez menos motivos para que alguien tuviese prisa por comprarnos el contrato que nosotros necesitábamos soltar.
Obviamente, yo no estaba sentado delante de la pantalla pensando en todo esto con la claridad con la que puedo reconstruirlo ahora. Yo veía algo mucho más sencillo: una operación que no estaba funcionando como las anteriores.
Y al principio ni siquiera me preocupé demasiado.
Después de dos años ganando con aquella mecánica, una operación mala entraba perfectamente dentro de mis cálculos. Perdería algo. Quizá necesitaría uno o dos días más. Aparecerían compradores y cerraría la posición.
Podía asumir una pérdida, pero lo que no contemplaba era quedarme atrapado.
Los días fueron pasando y los grandes participantes del mercado no tenían ninguna necesidad de comprar donde nosotros queríamos vender. Podían esperar precios más bajos. Nosotros, en cambio, teníamos un reloj corriendo.
Y digo nosotros, por que éramos varios en la misma situación. Peces chicos que no habían dimensionado bien la tormenta que se avecinaba.
Entonces llegó la fecha que mi estrategia llevaba más de dos años evitando; el contrato venció y yo seguía dentro.
Ahí empezó realmente el problema
Hasta ese momento la operación era mala, pero seguía pensando en ella como había pensado siempre: en términos de precio. Había comprado, el mercado se había movido en mi contra y tendría que asumir una pérdida.
Después del vencimiento la película cambió… y vaya si cambió.
Los futuros de materias primas tienen una característica bastante obvia que a veces olvidamos cuando los vemos como números moviéndose en una pantalla: detrás existe una mercancía real. Un contrato sobre petróleo no es simplemente una apuesta sobre si un gráfico va a subir o bajar. Cuando llega el vencimiento, entran en juego reglas de liquidación, entrega y obligaciones que dependen del contrato y del mercado.
Mi estrategia estaba diseñada precisamente para no llegar nunca hasta allí. De hecho en ese tiempo las escasas veces que llegó, en horas estaba todo resuelto y nunca sentí que la liquidez fuera un problema. Pero aquella vez llegó y no veas de que manera.
No recuerdo ya el concepto exacto bajo el que se me fueron cargando los costes y no quiero inventármelo ahora. Lo que sí recuerdo perfectamente es su efecto: una vez vencido, cada día que aquella situación seguía sin resolverse me costaba una cantidad importante de dinero. Aquello modificaba completamente la operación.
Ya no perdía únicamente porque el petróleo hubiese bajado. Ahora también perdía porque pasaban los días. Ahí descubrí que tener tiempo y necesitar tiempo son dos cosas completamente distintas en un mercado y normalmente esa diferencia, en algunos mercados, es ganar o perder.
Quienes podían comprar sabían que podían esperar. Para ellos, mañana podía ser mejor que hoy. Para nosotros no. Nosotros teníamos una posición que se había convertido en un problema y cada jornada que pasaba hacía más caro mantenerla.
Durante más de dos años yo había pensado que mi principal riesgo era que el petróleo se moviese en mi contra. En esos días descubrí que existía otro bastante más desagradable: que llegase el momento en el que yo necesitase vender mucho más de lo que alguien necesitaba comprarme.
Dos semanas dan para pensar mucho
Lo que inicialmente esperaba resolver en uno o dos días terminó prolongándose cerca de quince, y quince días no parecen demasiado hasta que tienes prácticamente toda la liquidez destinada a una estrategia atrapada en una posición, acumulando costes mientras esperas que aparezca alguien al otro lado.
No recuerdo un instante cinematográfico en el que mirase la pantalla y pensase: «Estoy jodido». La memoria no funciona así y tampoco quiero adornarla ahora para hacer mejor la historia. Fue algo bastante más lento.
Primero piensas que mañana se resolverá. Después aceptas que probablemente vas a perder más de lo previsto. Luego empiezas a hacer cálculos diferentes a los que hacías cuando entraste. Ya no calculas beneficios. Calculas cuánto te cuesta otro día. Después cuánto estás dispuesto a perder para terminar con aquello. Y las noches… recuerdo las noches, en las que dormía poco y mal y soñaba a veces que se resolvía. Pero en la mañana, se sumaban costes y el precio no remontaba. Pasé de una molestia, a una preocupación y de esta a un “acojone” real. Al principio era un porcentaje de ganancia que se diluía, pero a la semana el número ya daba miedo.
Es en ese momento en el que dejas de pensar en hacer una buena operación, sólo quieres salir. Cuando el comprador sabe que tú necesitas salir y él no necesita entrar, la negociación deja de ser especialmente sofisticada.
Tuve que tirar el precio. No un poco para ajustar una orden y cerrar. Tuve que hacerlo lo suficiente para que a alguien le resultara atractivo quedarse con un problema del que yo necesitaba desprenderme.
Y tampoco era el único haciéndolo.
Los compradores podían mirar tranquilamente cómo varios intentábamos encontrar una salida y decidir a qué precio empezaba a merecerles la pena ayudarnos a encontrarla.
No hace falta haber estudiado demasiada teoría de mercados para saber quién tiene ventaja en esa situación.
Quince días contra más de dos años
Cuando finalmente conseguí cerrar aquello, la combinación entre el deterioro de la posición, los costes que había ido acumulando después del vencimiento y el precio que tuve que aceptar para quitármela de encima había hecho prácticamente desaparecer todo lo que aquella estrategia me había permitido ganar durante algo más de dos años. Aunque no lo creas, también algo de alivió no sólo en el ánimo, sino ese alivio que se siente cuando te disculpas con un amigo o cuando el secreto que te atormentaba se conoce y resulta que no era para tanto.
Pero sí, tras el alivio no pude dejar de pensar en los más de dos años construyendo beneficios pequeños y constantes; quince días para llevárselos por delante. Esa proporción fue probablemente lo que más me golpeó.
Porque sería muy fácil contar ahora esta historia diciendo que aquella estrategia era una estupidez y que yo no tenía ni idea de lo que estaba haciendo. Incluso quedaría bien como ejercicio de falsa humildad.
Pero no sería verdad. La estrategia funcionaba, había funcionado durante más de dos años, y ese es el problema. Aquí un servidor, había confundido que algo funcionase repetidamente con que fuese robusto. Había diseñado reglas para prácticamente todas las circunstancias que conocía. Sabía cuándo entrar, qué condiciones debían cumplirse, cuándo salir, qué rentabilidad podía esperar y qué movimientos adversos podía soportar.
Lo que nunca había diseñado era una solución para el escenario en el que la salida dejase de depender de mí.
Durante dos años siempre había habido comprador, así que había dejado de considerar la existencia de ese comprador como una variable y yo la había convertido mentalmente en una constante. Hasta que un día dejó de serlo.
Durante un tiempo dejé el trading
Después de aquello me alejé una temporada pero es que además abandoné definitivamente aquel mercado, al cual ya nunca volví.
No porque los futuros fueran una estafa ni porque decidiera que “los grandes” nos habían hecho alguna jugarreta. Eso habría sido bastante cómodo, porque cuando pierdes dinero siempre resulta agradable encontrar un culpable que no seas tú.
Los grandes hicieron exactamente lo que yo habría hecho estando en su posición: esperar. Si sabes que alguien necesita venderte algo y tú no tienes ninguna necesidad de comprarlo hoy, ¿para qué vas a ofrecerle un buen precio? El problema estaba en la base de mi estrategia.
Para funcionar necesitaba un tamaño de posición demasiado grande y, cuando llegaba un escenario realmente adverso, la gestión del riesgo no tenía flexibilidad. No podía reducir cómodamente la exposición, no podía ampliar indefinidamente el horizonte temporal y, llegado cierto punto, tampoco podía decidir a qué precio quería salir.
Tenía muchas reglas, pero cuando realmente las necesité, ninguna resolvía el problema.
Con el tiempo he construido muchas de las reglas que utilizo hoy para invertir y hacer trading. Sería exagerado decir que todas nacieron de aquella experiencia; he cometido suficientes errores antes y después como para repartir el mérito entre unos cuantos.
Pero sí creo que aquel episodio cambió profundamente mi manera de pensar en el riesgo. Porque el tamaño de una posición no importa solamente por cuánto puedes perder si el precio se mueve en tu contra. Importa también por cuánto margen te deja para equivocarte.
La liquidez tampoco importa únicamente cuando compras. De hecho, probablemente importe bastante más el día que necesitas vender y tener una estrategia llena de reglas no significa necesariamente que tengas una buena gestión del riesgo. Puedes tener veinte condiciones de entrada, estadísticas magníficas y dos años de resultados estupendos, pero si el escenario que rompe tu modelo te deja sin capacidad de reaccionar, quizá nunca tuviste tanto control como pensabas.
Desde entonces hay una pregunta que intento hacerme especialmente cuando encuentro algo que parece funcionar demasiado bien y ya te adelanto que en estos años no he encontrado algo “tan bueno” como aquello. Esa pregunta no es cuánto puedo ganar ni cuántas veces ha funcionado anteriormente.
Es mucho más incómoda:
¿Qué tendría que ocurrir para que esto dejase de funcionar?
Porque eso fue exactamente lo que no me pregunté entonces.
Durante más de dos años pensé que estaba operando petróleo. Aquellos quince días me enseñaron que estaba operando también liquidez y tiempo, y que de esas dos variables entendía bastante menos de lo que creía.
La lección salió cara. Muy cara teniendo en cuenta lo que había tardado en ganar aquel dinero, pero posiblemente me haya ahorrado mucho más desde entonces.
Supongo que esa es una de las pocas cosas buenas que tienen las hostias importantes™️ en los mercados: ya que las pagas, procura al menos no tener que comprar dos veces la misma lección.
Publicado originalmente en Substack.



