La suciedad de la sociedad

Durante este tiempo, especialmente a partir de la tragedia del 24 de junio, he estado en una especie de estado de shock. Ante realidades tan duras, suelo recurrir a una herramienta personal: analizar las cosas a fondo para intentar comprender el porqué de ciertas acciones humanas y cómo reaccionan los distintos factores de nuestra sociedad.
En medio de este análisis, casi filosófico, me surgió una pregunta que no solo me planteo a mí mismo, sino que también he compartido con personas cercanas: ¿Qué pasó con las organizaciones que debían haberse activado de inmediato al ocurrir la tragedia?
Lo pregunto desde la más absoluta sensatez e ignorancia técnica, porque entiendo que organismos como Protección Civil, los bomberos, la Guardia Nacional e incluso la policía —que representan el brazo operativo y de seguridad del Estado—, así como las ONG aliadas, deberían actuar por protocolo automático y no por un mandato externo de última hora. El protocolo implica prevención y reacción sistémica. Si un caso hipotético nos muestra lluvias incesantes durante uno, dos o tres días, al tercer día esos mecanismos ya deberían estar plenamente activos para evitar desastres civiles mayores.
Si alguien tiene un argumento en contra, sería muy interesante escuchar su postura.
Recordando eventos pasados, como cuando el terremoto incomunicó a buena parte de Caracas y afectó severamente la zona del litoral central, la lógica del protocolo nos dicta que lo primero que se debió hacer desde el litoral fue notificar y comunicar al comando central en la capital que la situación en el estado La Guaira se había salido de control y que se registraban bajas importantes en la población civil.
Bajo esa lógica, los protocolos debieron activarse de inmediato para dirigir los recursos directo al lugar de los hechos. Sin embargo, por lo que se ha dado a conocer y ya es de público conocimiento, esta respuesta no ocurrió: las autoridades y los grupos especiales formados para estas emergencies simplemente no se presentaron.
Esto me genera una duda profunda que va más allá de la inacción del Estado o de si quienes gobiernan dieron o no la orden de verificar la zona. Mi interrogante apunta al protocolo mismo y a la iniciativa de los individuos que pertenecen a esas instituciones. ¿Acaso un jefe de bomberos no pensó en la urgencia de salir hacia allá? ¿Ningún alto rango de la Guardia Nacional —un mayor, un coronel o un general— se planteó movilizar a una división de inmediato? Hablo de las personas en sí.
Pareciera que si desde arriba no se emite una instrucción, o si deliberadamente se niega la opción de actuar, las bases se paralizan. De ser así, nos estaríamos encontrando de frente con la verdadera suciedad dentro de nuestra sociedad: un sistema donde no podemos confiar ni creer en las autoridades que, por ley y vocación, tienen la obligación de activarse ante una emergencia nacional.
La fractura social y el fanatismo en las redes
A partir de este análisis y de las interrogantes que me planteo, he estado siguiendo de cerca lo que se publica en las redes sociales. Esto me ha llevado a otra diatriba filosófica y moral que, sinceramente, me choca: la constatación de que el país y la sociedad están profundamente fracturados y dañados. Hay ejemplos muy claros de personas que actúan como parte de esa "suciedad" social a la que me refiero.
Por un lado, están los fanáticos políticos alineados con el oficialismo. Es alarmante verlos publicar consignas como "Aquí no nos mandan los yanquis", celebrando un video del presidente del partido de gobierno en un altercado con un rescatista estadounidense. Uno se pregunta: ¿qué es lo que intentan demostrar con eso? ¿Pretenden presumir que las autoridades locales se hacen respetar? Quienes actúan así no están entendiendo en dónde estamos parados ni la gravedad de la situación actual.
Este tipo de fanatismo es el que termina haciéndole el mayor daño a la sociedad, porque se niega a ver la realidad del día a día. En su lugar, prefieren aplaudir, justificar y replicar las acciones de líderes que se han mostrado flojos, deshumanizados, viles y hasta malvados ante la crisis. El fanatismo político otorga un poder ciego a estas figuras, permitiéndoles seguir generando un daño increíble. En pocas palabras: tú, como fanático que calla u omite la verdad, terminas siendo cómplice y parte de la misma suciedad.
Sin embargo, en el extremo opuesto nos encontramos con una dinámica similar. A estos fanáticos del otro bando también los considero parte de la misma suciedad social. No aportan nada real; se dedican a vanagloriar figuras y a generar conflictos estériles basados en el "mira lo que hizo este" o "ella sí es la verdadera líder". Al pasar el tiempo, la realidad nos demuestra que los políticos —de cualquier bando— terminan usando las tragedias, las carencias y el dolor colectivo para su propio beneficio.
Filosóficamente hablando, parece que el sentido común del político actual es precisamente ese: aprovecharse de las debilidades de la sociedad para venderse, guardando para después el momento de atacarse entre sí.
Esta politización y el choque de extremos terminan corrompiendo el entorno, sembrando graves problemas morales y éticos en la población. Hoy por hoy, esto se ha hecho evidente de una manera transparente y cristalina: la sociedad, en líneas generales, está mal.
Entre la solidaridad genuina, el ego y la era del espectáculo
Por supuesto, existen excepciones valiosas. Tras la tragedia, vimos cómo se activaron muchísimas familias y ciudadanos particulares que, movilizados por el único deseo de ayudar, hicieron sacrificios y esfuerzos enormes. Eso es innegable y totalmente rescatable. Pero también nos topamos con un matiz espinoso y complicado de abordar: aquellos que están ayudando, pero desde el ego. En nuestra generación actual, todos estamos expuestos a una cámara, a un celular y a un medio inmediato para transmitir. Tenemos las herramientas para comunicarlo todo, pero con ello muchas veces se alimenta el narcisismo, la vanidad y una profunda inseguridad propia; porque no es más que eso: la necesidad de sentirse aceptado y valorado por los demás a través de una pantalla.
Quiero que esto se entienda bien y no se malinterprete. Alguien podría decir: "Si los ciudadanos no lo hacían, ¿entonces quién?". Y es verdad. Como el brazo del Estado no se activó, quienes salieron a la calle a ayudar de forma voluntaria tienen todo el mérito, y ahí les doy la razón. El problema real radica en la gente que luego busca vanagloriarse mediante un archivo fotográfico o un video, intentando demostrar desesperadamente un "yo estuve allí, yo también ayudé, yo también lo logré". Eso no es necesario. Lo verdaderamente importante es ir, ayudar, trabajar, dar todo de sí, volver a casa en silencio y seguir apoyando después. Esto no es un show; es la vida real. Lo que ha sucedido es una tragedia y debe ser tomada con el respeto que merece, no como una excusa o una pasarela para alimentar carencias personales.
Conclusión: El valor de la vida
Para culminar, quiero reiterar que dentro de lo que defino como la suciedad de nuestra sociedad entran varios factores de manera muy clara:
- Los fanáticos pro-gobierno que justifican la deshumanización.
- Los fanáticos pro-oposición que buscan la capitalización política.
- Todos aquellos funcionarios y organismos que demostraron una inacción absoluta cuando su deber y su obligación, incluso por ley, era ir, activarse, trabajar y salvar vidas. Y quiero cerrar repitiendo y subrayando esa palabra: vidas. La vida es una sola; es el bien más preciado y sagrado que tenemos, no hay nada por encima de ella. Si alguien asume una responsabilidad institucional o pública y no está dispuesto a asumir el peso de protegerla en los momentos más oscuros, entonces debería buscar otro trabajo u otra visión de mundo.
Es momento de desmarcarse de esa suciedad, dejar atrás el ego y el fanatismo, y empezar a transformarnos en lo que verdaderamente necesitamos ser: una sociedad limpia, libre, fuerte y genuinamente solidaria.



