
La frase inicial del libro marca el tono y revela el espíritu de la historia: _“Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible”_ (pág. 11)
Inglaterra, a inicio de los años sesenta. Edward es un historiador de clase baja, aldeano, que sabe de flores y de pájaros, aprecia el Blues, es franco y en apariencias, un joven simple. Florence proviene de una familia adinerada y es torpe e insegura, excepto en lo que respecta a su música: es una virtuosa violinista que domina su arte.
Se conocen en una manifestación contra las armas nucleares y se enamoran en una época en que _“ser joven era un obstáculo social […] un estado algo vergonzoso cuya curación iniciaba el matrimonio”_ (pág. 14) y por ende, tras un breve y necesario noviazgo, deciden casarse. Allí comienza la cuenta regresiva hacia el momento definitorio de la historia.

Florence le tiene miedo al acto sexual, del cual no conoce más que lo que ha leído en algunos libros. Está aterrada por la penetración y por eso retrasa el momento de la consumación de su matrimonio. Desde el principio de la relación ha estado huyendo hacia adelante: entregando un poco más cada vez para satisfacer a Edward, caricias, insinuaciones, porque verdaderamente lo ama, pero sabiendo que cuando llegue el momento decisivo, no podrá hacerlo. Tiene miedo pero no sabe cómo decirlo. A su vez, Edward quiere estar a la altura de la experiencia, evitar la precocidad y no mostrar a Florence una virginidad que ella ignora.La época y las normas sociales los presionan aún estando solos. Las expectativas y la inexperiencia de ambos les juegan en contra. En el momento del acto sexual, Florence se esfuerza en vencer la repulsión, el asco, le apremia el sentido del deber. Él soporta la dilación; ve en la timidez de Florence una ventaja ante su propia falta de experiencia. Cuando se materializa el peor de los temores de Edward, Florence huye a la playa.

El horror, la vergüenza, la repulsión hacia el semen de Edward que cubre su piel le impide calmarse, pensar las cosas. A su vez, Edward, atónito ante la materialización de su miedo más grande se sintió avergonzado y su humillación se transformó en ira, culpando a Florence de lo que pasó. Explotan. Ella confiesa. Él reclama. Florence finalmente se siente, se reconoce enferma, anormal. Él se siente engañado, traicionado. La juventud de ambos, su orgullo, su impaciencia, la intransigencia, la inflexibilidad, les impidieron superar la situación y la historia de amor termina abruptamente la misma noche de su matrimonio.Tras eso, los caminos de ellos se separan y todo queda en un que hubiera sido si porque en los años siguientes el sexo dejó de ser tabú y comprendieron cosas que pudieron haber hecho mejor, pero ya era demasiado tarde. Hasta este punto la película se mantiene bastante fiel al libro, tiene buenas actuaciones y una hermosa fotografía; pero en los últimos minutos introduce dos hechos que cambian completamente el sentido de la historia: Edward conoce por casualidad a la hija de Florence y años más tarde asiste a su último concierto cumpliendo una promesa de amor que en el libro no se materializa. Sorprendentemente el guionista de la cinta es el mismo McEwan que, supongo, quiso dar un final más hollywoodense a la trama pero que a mi criterio perjudica el alma de la novela.
Así que, una vez más, el libro es mucho mejor que la película. Léanlo y estarán de acuerdo conmigo.