Anyone who visits Soria one day and decides to walk along El Collado Street towards the Plaza de los Doce Linajes (Square of the Twelve Lineages), the Town Hall, and a little further on, the old mansion of Doña Urraca and the bridge over the Duero River, will find, under the arcades that serve as a canopy for the city's old Casino, a small bronze table, round like a mirror, on which sits a pensive figure, his legs crossed in the style of intellectuals of old, concentrating his attention on reading a mysterious book he holds open in his hands. Opposite him, they will find an empty chair. Of course, everyone who passes by ends up sitting in it, and the most they can hope for is to have their picture taken as a souvenir. Because, unless they possess the spiritual gift of Allan Kardec or the popular Fox Sisters, they won't get a single word out of our deep-seated figure.
A figure who, along with Antonio Machado and Gustavo Adolfo Bécquer, forms the triad of outstanding writers who one day felt in their souls that magnetic ‘Soria effect, whose seductive charm, once it captures you, never lets you go. Our subject, also a poet, like the others and belonging to a lost generation, the Generation of '27, applied, especially in one of his best-known works, Romance del Duero,’ the so-called ‘Byzantium syndrome’: the inexorable passage of time. In it, undoubtedly influenced by the mystique of its banks and the subterranean song of its currents, he personifies those melancholic waters—whose course forms a crossbow arc near the hermitage of San Saturio—in an old friend, dedicating passionate verses to him, whose refrain may still resonate in those school memories that we all, or at least those of a certain age, carry within us: ‘River Duero, River Duero, no one comes down to sing to you anymore’...
As in the parallel lives of the Caesars, a narrative in which the Latin poet Plutarch already intuited the strange connections of destiny, our protagonist not only filled the position of Language and Literature teacher left vacant by Antonio Machado in 1912, but also, like him, felt the call of the Unknowable in those ‘magical poplars’ and those other ‘stone saints,’ giving them voice and endowing them, at the same time, with a mystery that no one has yet been able to unravel. to fully decipher. Surely, because having been born in Santander, with the Cantabrian Sea, the Pasiego valleys, and the Picos de Europa mountains as his privileged backdrops, his sensitivity and respect for the mystique of places also allowed him to delve into that other beauty, Castilian but mythologically akin, which so influenced his predecessors and his literary legacy: the extraordinary poet, Gerardo Diego.
Cualquier persona que un día visite Soria y decida encaminarse por la calle El Collado hacia la Plaza de los Doce Linajes, el Ayuntamiento y algo más allá, la antigua casona de Doña Urraca y el puente sobre el Duero, encontrará, bajo los soportales que le sirven de cielo al viejo Casino de la ciudad, una mesita de bronce, redonda como un espejo, en la que permanece sentado un meditabundo personaje, que, cruzadas las piernas al estilo de los antiguos intelectuales, concentra su atención en la lectura de un misterioso libro que mantiene abierto en sus manos. Frente a él, hallarán una silla vacía. Por supuesto, todo el que pasa, termina sentándose en ella y a lo más que puede aspirar, es a sacarse una fotografía como recuerdo. Porque, salvo que tenga el don espírita de Alan Kardec o de las populares Hermanas Fox, no obtendrán una sola palabra de nuestro concentrado personaje.
Un personaje, que, junto a Antonio Machado y Gustavo Adolfo Bécquer, forma la Tríada de literatos sobresalientes que un día sintieron en el alma ese magnético ‘efecto Soria’, cuyo seductor encanto, una vez que te atrapa, no te vuelve a soltar nunca más. Nuestro personaje, también poeta, como los anteriores y perteneciente a una generación perdida, como es la del 27, aplicó, sobre todo en uno de sus trabajos más conocidos, ‘Romance del Duero’, el llamado ‘síndrome de Bizancio: el paso inexorable del tiempo. En él, sin duda influenciado por la mística de sus riberas y el canto soterrado de sus corrientes, personifica en un viejo amigo a esas melancólicas aguas cuyo curso forma un arco de ballesta a la altura de la ermita de San Saturio, dedicándole unos versos pasionales, cuyo estribillo, es posible que todavía resuene en esos recuerdos escolares que todos, o al menos los de cierta edad, llevamos dentro: ‘río Duero, río Duero, ya nadie a cantarte baja’...
Como en las vidas paralelas de los Césares, narrativa en la que el poeta latino Plutarco ya intuía las extrañas conexiones del destino, nuestro personaje, no sólo ocupó la plaza de profesor de Lengua y Literatura dejada por Antonio Machado en 1912, sino que también, como éste, sintió la llamada de lo Incognoscible en esos ‘álamos de magia’ y en esos otros ‘santos de piedra’, dándoles voz y dotándoles, a la vez, de un misterio que todavía nadie ha sido capaz de descifrar completamente. Seguramente, porque habiendo nacido en Santander, teniendo como escenarios privilegiados el mar Cantábrico, los valles pasiegos y los Picos de Europa, su sensibilidad y respeto hacia la mística de los lugares, consiguió también ahondar en esa otra belleza, castellana pero mitológicamente afín, que tanto influyó en sus antecesores y en su legado literario: el extraordinario poeta, Gerardo Diego.
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