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La soledad siempre ha sido una compañera constante desde el nacimiento hasta la muerte.
Uno a veces tiene la esperanza de encontrar comprensión en quienes pone toda su lealtad, su corazón, su alma, su espíritu.
Pero esa comprensión simplemente no la encuentras, y tu corazón siente las ganas irremediables de tomar decisiones sin retorno y sin arrepentimiento.
Pero intentas calmar tu corazón, te dices una y otra vez que todo va a mejorar, que hay que tener paciencia.
Pero a la vez la duda surge como una maldición perpetua: ¿y si nada mejora?, ¿y si al final la muerte te vence y cedes?
Le ruegas a Dios por salud, por empleo, por esperanza, por piedad, pero hay veces que sientes que Él no te escucha, y terminas por perder la fe de forma temporal.
Al final solo cierras los ojos, respiras de forma profunda e intentas continuar porque no hay de otra.




