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Relato: En el Londres de 1922

Hive Banners 2026 - 2026-09-27T125659.382.png Banner elaborado con Canva. Fuente de la imagen: Pexels

Lo primero que pensé cuando abrí los ojos era en lo nauseabundo del olor que permeó de repente mis fosas nasales.

Con lentitud me levanté. Miré a mis alrededores con confusión. Lo último que recuerdo fue que estaba caminando por el parque cerca de la media noche, cuando había luna llena. Había salido de casa en silencio; la noche era calurosa, y la luz se había ido desde las 10 de la noche a causa de un corto circuito en el transformador. Lo único que llevaba a mano era mi teléfono para alumbrar mi camino.

No había dicho nada a nadie en casa. Simplemente sentía la necesidad de salir a caminar, a despejar la mente. Llegando al parque, me senté a mirar la luna. Estaba grande, brillante, acompañada de su pequeña corte estelar; se alzaba majestuosa, cuan reina celestial. Cerré los ojos, reflexionando sobre los últimos acontecimientos de mi vida y cómo han afectado mi vida personal, sobre todo en mi estado de ánimo.

Le pedí a la luna un deseo. No sé por qué lo hice. Por lo general no soy creyente en las supersticiones, sobre todo aquellas relacionadas con los astros. Según vi en las redes sociales, pedirle deseo a la luna es la peor de las ideas, porque la luna era celosa o porque debes sacrificar lo que más amas a cambio de tu deseo.

Fue un impulso, quizás la desesperación en medio de la depresión, o qué sé yo. Y mi deseo era escapar de ese mundo que se estaba yendo directo al abismo. El deseo de poder escapar de todo.

Lo último que recuerdo fue desmayarme del sueño en el banquillo. No sentí nada; todo estaba oscuro. Simplemente me quedé inconsciente.

Ahora heme aquí, deambulando en bata por las calles en medio de un gentío ataviado a la usanza de una época que solo veía en los libros de historia, con automóviles pasando por ambos lados, y el olor a comida. Sentía un poco de frío y hambre. No tenía dinero ni para comprar un pedazo de pan.

De repente pasé junto a un puesto de periódicos. Miré de reojo los titulares. Estaban en inglés; la fecha era el 20 de abril de 1922. Me aparté de inmediato del puesto, completamente sorprendida. Exploré un poco más el lugar, buscando algún punto que pudiera reconocer; no me atrevía a preguntar a alguien porque, bueno, estaba vestida en bata y desaliñada. Cualquiera pensaría que había escapado del manicomio.

Me detuve en seco en una calle y levanté la mirada. Alzándose en todo su esplendor, se encontraba la torre de un reloj.

Era el Big Ben.

Londres. Me encontraba en Londres, en 1922. Estaba en el período de Entreguerras, a siete años del famoso Crac de 1929. "Bueno, esto es una joda. O un sueño del cual me despertaré pronto", musité mientras reanudaba mi caminata por las calles.

Palpé el bolsillo de mi bata. El teléfono estaba ahí. Lo saqué del bolsillo. Aún estaba ahí la pantalla con los íconos. Tenía apenas un 70% de batería. No había conexión al internet, por supuesto, y dudo que la aplicación de la cámara funcione ahora mismo. Tampoco voy a estar sacando el aparato delante de todo mundo; no quería perturbar las leyes de la física y del tiempo, si es que existen.

¿Qué debo hacer entonces? Solo Dios sabrá. Mientras tanto, seguiré explorando.

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