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Catalina suspiró hondamente mientras se instalaba en el cuarto de su hermano para iniciar su jornada laboral.
Durante los días que descansó, empezó a reflexionar sobre una cuestión que ella siempre supo eran de vital importancia. No era tanto sobre el mercado laboral, la cual estaba pasando por una crisis tremenda de empresas que no sabían lo que querían. No era tanto sobre el dinero, que ella entendía era necesario para la supervivencia. No era sobre el sistema económico que regía las vidas de todos, pues siempre llevaba a debates innecesarios y eternos que se le antojaban estúpidos.
El cuestionamiento era simple, quizás incómodo para aquellos que no lo consideran importante: ¿es necesario sacrificar la privacidad para conservar el trabajo? ¿Es normal que un programa que envía capturas de todo lo que hagas en el horario laboral continúe haciéndolo fuera de dicho horario?
Para Catalina, la respuesta se resumía en lo siguiente: No, no era normal ni tolerable extender la de por sí obsesiva vigilancia más allá del horario laboral. No era normal que estén preguntándote si estás buscando empleo solo porque vieron un dichoso mensaje de texto de otro empleo al cual no tienes interés en aplicar, mucho menos que estén viendo que buscas un empleo más estable o estén leyendo conversaciones que no son de la incumbencia de nadie.
Muchos familiares, conocidos y amigos de Catalina le dijeron que se aguantara, que abandonar un trabajo en la que recién empezaba hablaba muy mal de ella... Aunque no tenga prestaciones ni haya firmado contrato. La actitud de la gente que le rodeaba le demostraba algo que muy en el fondo sospechaba: para ellos, el dinero estaba por encima incluso de la privacidad.
Incluso le pusieron de ejemplo las redes sociales como la forma de renunciar a la privacidad en pos de vistas. Una ejemplificación ridícula e hipócrita si se pone uno a pensar que a nadie las obliga a colocar fotografías o publicar textos de equis o ye tema. Pero a ella le daba igual el ejemplo. Hay límites que deberían respetarse, y eso incluía no mezclar lo privado con lo laboral.
Por eso era que Catalina empezaba a desconectar el internet antes de cerrar la computadora. Había descubierto que ese era el modo en el cuál la aplicación de la empresa no enviara capturas de sus cuestiones personales. Era mucho lío, pero no había muchas opciones. No pensaba dejarse la piel por la empresa; no valía la pena dar su tiempo más allá de lo acordado. Prefería encontrar un empleo más estable, en donde la paga sea acorde a la exigencia y sin necesidad de vigilancia extrema.
Que se vaya su jefe al carajo, en lo que a ella respectaba. Y de paso que se fuera al carajo el resto de la gente. Aguantará lo que tenga que aguantar en ese empleo, sí, pero mientras tanto busca otro mejor. Y Dios quiera que sea pronto...
Aunque ella sospecha que Dios querría que se quedara un tiempo más en ese trabajo.



