La semana que acaba de terminar, llegó la tercera temporada de Emily en Paris, una comedia -que en mi opinión, dejó de ser romántica, para convertirse en existencial y la fórmula se repite. Una hermosa ciudad de Paris como protagonista absoluta, la moda como fuerza motriz, porque Emily, así como cada dama de relevancia en la trama, lucen unos modelos que hace que el espectador se pregunte ¿Cuánto ganan las asalariadas en Paris?, porque Emily no solo paga medio piso en el centro de la ciudad, sino que con frecuencia se encuentra con amigos en terrazas y no repite modelo en toda la temporada.
Dejando esas idealidades de lado, la temporada comienza y termina con una Emily con los sentimientos confundidos y la verdad no sé por qué. Hay unas facilidades en este tipo de series para convertirse en un drama con situaciones que se pueden resolver con una simple conversación, medianamente madura. Además, me sorprende como se cambia de parecer en estos seriados en cambiar de opinión con respecto a los sentimientos, una de las decisiones más delicadas en la vida de un ser humano y se continua con la máxima de que el amor debe ser sufrido, puesto a prueba y demostrarlo con grandiosidad.
Las serie cumple su cometido, muestra una Paris, siempre deslumbrante, hace una especie de recomendación turística de que es "fácil estar en Paris si sólo hablas inglés", muestra las tendencias de la moda (no sin antes afincar el estilo norteamericano), hace gala de una buena musicalización y maravillosa paleta de colores, pero en cuanto al argumento, maneja de forma muy superficial los cambios de pareja, la volatilidad de los sentimientos y el romance.
Emily y Alfie dan una imagen idílica de enamoramiento maduro, consciente y sin ataduras y encantaban así, pero en un solo episodio eso se desvaneció y de forma muy sumisa Emily se entrega al amor caucásico, dependiente y emocionalmente irresponsable con el protagonista con el que había perdido completamente la química en esta entrega.
Mindy es la que mejor ha evolucionado en esta temporada, sin embargo, la visión del amor idílico, que se presenta cual Epifanía subyace maliciosamente en la producción y empodera falsamente a las mujeres, a excepción de Camille, en ella hay un respiro de esperanza, pero de resto, es un dulce para luego quitártelo, la serie pretende darte todo cuando en realidad te está dando nada.
Mi calificación es negativa, pero no recomiendo no verla, como siempre digo, esta es una opinión, la razón siempre la tendrá el público, igual se disfruta y tiene momentos muy satisfactorios y gratificantes. Lo demás son mensajes que sobrenadan en las aguas de los más críticos.